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Jueves, 8 de octubre de 2026
domingo 24 noviembre, 2013 a las 2:08 pm

J.F.Kennedy

JOHN-FITZGERALD-KENNEDY-JFK
FELIPE SOLARTE
Por: Felipe Solarte Nates

Recuerdo esa tarde del 23 de noviembre de 1963, cuando a la ventana del salón de segundo de primaria de la escuela Rafael Tello, de Santander de Quilichao, se asomó el profesor Gómez, avisándole a su colega Zúñiga, que por el transistor, acababan de anunciar el asesinato del presidente Kennedy.

De inmediato se interrumpió la clase, porque el profe salió a escuchar la transmisión continua de Caracol, desde el momento que dieron ¡extra! sobre el abaleo. A los minutos regresó compungido a decirnos que el presidente Kennedy era el mejor de los gringos en muchos años y sobre todo para América Latina, pues había creado la “Alianza para el Progreso”, cuyo logo se leía en los bultos de leche en polvo, que regalaban a las escuelas públicas, para que les dieran el refuerzo a los alumnos, acompañados de un pan; y en Bogotá inauguraron un barrio bautizado con el nombre del presidente; y además estaban integrando los países del continente mediante la construcción de la carretera Panamericana; además enviaron legiones de jóvenes universitarios de varias carreras vinculándose a las comunidades por medio de los “Cuerpos de Paz”; y en últimas “nos iban a impulsar a salir del subdesarrollo, así como respaldaron a los europeos a reconstruir sus países destruidos después de la Segunda Guerra Mundial” y de manera pacífica, “para que no hiciéramos revoluciones como los cubanos de Fidel y sus barbudos”.

En fin, tal fue la conmoción, que el sábado muy temprano, mi padre mandó a comprar temprano El Espectador y El Tiempo, antes de que se agotaran, con sus grandes fotos, titulares y muchas páginas dedicadas a detalles de la tragedia.

Desde entonces me surgió curiosidad por el personaje y el crimen, que mi padre Alfonso, Juez de Instrucción Criminal y columnista esporádico de El Espectador, en temas jurídicos, comparaba al de Gaitán, achacado a un solo tirador también asesinado antes del interrogatorio.

En fin, lo oficial declarado por la comisión Warren, creada por el gobierno norteamericano integrando a sus agencias de seguridad presididas por el contradictorio sabueso Edgar J. Hoover, director del FBI, por varias décadas, fue que el ‘exmariner’ Oswald, disparó desde la librería de Dallas donde encontraron las tres vainillas del rifle con mira telescópica y que en su huída mató un policía, antes de esconderse en el cine donde lo detuvieron; pero su asesinato al día siguiente, cuando lo iban a interrogar, abaleado por Jack Ruby, afectado por un cáncer terminal y dueño de un salón de espectáculos vinculado con la mafia, contribuyó a colmar de dudas los orígenes del magnicidio, pues algunos lo achacaron a la alianza entre los grandes capos de la Cosa Nostra italonorteamericana -(ver “El Padrino”)- que dominaban los casinos y prostíbulos de La Habana y los industriales afectados por las expropiaciones del gobierno revolucionario.

Estaban descontentos por el fracaso a la invasión a Bahía Cochinos, atribuido a la falta de compromiso de Kennedy, que no les ayudó con la aviación y hombres requeridos para derrocar a Fidel Castro y sus camaradas prosoviéticos; pues después del momento más cercano a la Tercera Guerra Mundial,- cuando la crisis de los mísiles nucleares instalados por estos en Cuba, con la mira en importantes ciudades de Estados Unidos-, había acordado con el premier Nikita, desmontarlos a cambio de respetar la revolución cubana y del desmantele reciproco de mísiles, que Estados Unidos había alineado en Turquia, apuntando a la Unión Soviética, en el apogeo de la “Guerra Fría”.

Otra versión, que circuló en magazines dominicales de los periódicos, cada aniversario del magnicidio y que reproducían lo escrito en periódicos y revistas de los Estados Unidos, fue la vinculación a la conspiración del gigantesco conglomerado industrial fabricante de todo tipo de armas, desde rifles, hasta aviones caza y bombarderos gigantes como el B-52, pasando por tanques de guerra y helicópteros; pues según informes de inteligencia, el presidente Kennedy, además de no haber invadido a Cuba, pensaba retirarse del Vietnam, donde se habían metido a finales de los 50, cuando Ho Chi Min y sus vietcongs, sacaron corriendo a los franceses.

Las multimillonarias ganancias que tenían presupuestadas los señores de la guerra, no podían esfumarse por el capricho de un católico amigo de los negros, y en complicidad con la mafia, tejieron la conspiración inspirada desde las altas esferas del poder del Pentágono y con la investigación amañada de la Comisión Warren, para “echarle tierrita y tápalo”.

Esta versión fue la que recogió el combatiente en el Vietnam, Oliver Stone, que después de sobrevivir del holocausto de la guerra, regresó como director de cine, con películas como “Pelotón”, desmitificando los ‘heroicos’ combates y “J.F.K.”, donde insinúa la conspiración del sistema estatal e industrial de la guerra que sostiene la economía norteamericana.

En fin, la duda continúa, al igual que en Colombia sobre el asesinato de Gaitán.

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