ISAÍAS



Durante la visita del papa Francisco proclamaron como beatos, en Villavicencio, a dos miembros de la iglesia sacrificados en medio del fragor de la eterna guerra que vivimos los colombianos. monseñor Jaramillo, el obispo de Arauca muerto a manos del ELN en las batallas sin nombre que se libraban en Arauca en la década de los 80 y el padre Ramírez, el conflictivo cura de Armero, muerto a machetazos el día siguiente al 9 de abril, cuando el asesinato de Gaitán. Ambos recibieron ese visto bueno que el Vaticano concede a los mártires.

Pero faltó uno que tenía tanto derecho como los otros dos. Faltó Isaías Duarte Cancino, arzobispo de Cali, quien fue asesinado en el atrio de la iglesia de uno de los barrios del Distrito de Aguablanca y, como lo comprobaron después policía y autoridades judiciales, cayó bajo las balas de un comando que seguía órdenes o militaba en las filas de las Farc.
Si el actual arzobispo de Cali no anduviera metido en tantos líos por la pederastia, dizque no responsable de sus curas, ni hubiese tenido que quedarse callado con los estudios que han hecho otros sacerdotes graduados en economía y negocios sobre la manera, por lo menos absurda, conque han manejado los bienes de la arquidiócesis, tal vez hubiese podido aportar los elementos que el Vaticano y sus congregaciones piden para elevar a la categoría de beatos a los mártires.
El que no fuese ungido monseñor Isaías comprueba esa sospecha. Pero, también, nos genera otra que debería dilucidarse: ¿no querían tocar a los muertos por las Farc?
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