IRINA, A RIESGO DE CAER


IRINA, A RIESGO DE CAER

Odio y amo. Quizás te preguntes por qué lo hago.
No lo sé, pero siento que así ocurre y me torturo.
Catulo.
Estaba anunciado el recital de anoche en el Teatro Esquina Latina en el Barrio San Fernando de Cali. La joven poeta cereteana Irina Henríquez presentada por la poeta Betsimar Sepúlveda lanzaba su poemario A riesgo de caer a las 7:00 de la noche sobre la ciudad.
Abro el Libro y empiezo a serpentear por entre hojas y poemas. Es un libro posmoderno como la poesía que hay adentro. Su cuerpo es delgado y fino, desdoblado en dos. Son 13 poemas acompañados de un Jirón de Caos bordado por su colega poeta Inmaculada Contreras.
El poemario de Irina tiene unidad de tema. Es la caída. Que viene desde que en el paraíso ocurrió el primer resbalón. Sus títulos lo enmarcan inevitablemente: A riesgo de caer, Solo un destino poseo, Ahora ocurre del día, Vértigo de la tarde, La hora de las campanas, La negación de la locura, Confines de la noche, Para beber no, La inocencia de los mundanos, Hallazgo, La preponderancia de lo pequeño y Una terrible claridad.
El paso de las horas, el día, la tarde, la noche, el tiempo, el instante, el fuego, la lluvia, la sombra son el telar sobre el que tiende su urdimbre de intentos de vivir.
La vida para Irina es una piedra que las aves del destino vienen a roer a diario. Está escondido en un bosque con ojos y orejas. Pasa las noches como en un grito condensado hasta despertar ahogada en medio de una lluvia seca que son sus poemas.
La poesía de Irina está llena de los pájaros de Hitchcock. Es un campo de aleteos por las ramas de los árboles y pájaros que caen como manzanas ya sin carne ni dulzura. No es un canto alegre. Retrata el miedo a caer del humano. Bajo la sombra del árbol también está presente «la eterna mirada de la luna sobre un río de ojos vivos y almas muertas».
Como una profetisa atisba por la ventana que el verde se confunde con el agua. Los pájaros llegan a posarse sobre un árbol justo en el momento en que la sombra de la noche los hace desaparecer. Hasta que emprenden otra vez el vuelo cuando el gallo con su canto ahuyenta los demonios nocturnos.
Irina sabe que las aguas del río no serán para beber. Sí, se ahogará en su lecho lleno de aguas de palabras. Sus olas son verdes como los días y sus silencios. Y habrá otras aguas negras que serán las de los ojos del amado.
La vida en el poema nos cambia la manera de ver el mundo. El agua no ahoga, salva y hace vivir. El canto de las aguas y el canto de los pájaros es el Tiempo que no cesa de cantar. Es una oda al mundo en que vivimos, como las de los antiguos latinos Horacio, Virgilio, Catulo. Hay optimismo, confianza en el futuro y en lo que se hace día a día.
29-06-18 9:00 p.m.
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