INVASIÓN DE VUELOS EN LA VECINDAD
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Desde hace un medio año empecé a sentir ruidos extraños afuera, al frente del edificio donde habitamos con mi amada. Era un estruendo raro. Hacia las 4:30 de la tarde, cuando aún las sombras no cubrían con su sayo la vecindad. No eran sonidos a los que uno está acostumbrado. Parecía como si alguien o álguienes estuvieran metiéndose por entre un matorral con afán, como para esconderse. Era tal el escándalo de hojas y ramas que se mecían a su paso y regresaban golpeándose entre sí, que salí a la ventana para ver si lograba ver qué o quienes eran los fugitivos e intrusos.
Todo estaba en silencio ya. No. No era mi imaginación pues todavía ando en mis cabales. El alboroto había sido grande y repetido. Al frente hay un terreno desocupado y lleno de maleza. Frente a la ventana del apartamento un hermoso y alto samán lo oculta y no permite ver hacia ese lote vacío y muy gordo por lo viejo y bien situado. Si alguien se había ocultado allí no lo podía verificar desde el mirador en que me hallaba.
Sorprendido y decepcionado porque mi posición no me permitía adivinar lo que había ocurrido y cuál era la causa de aquella algarabía de hojas verdes y de ramas en una hora que los maleantes no dejan ver rostros ni actos, me devolví a sentarme a leer “El gran diseño” de Stephen Kawking. No bien me había acomodado en el sillón cuando de nuevo se levantó allá, afuera, la algazara.
Ya no hubo escapatoria. Se acabó el misterio y se aumentaron los ruidos. Del vientre del terreno descuidado y de entre las zarzas que debe haber allí, salieron tres estilizados patos migratorios. De alas anchas negras, brillantes y con adornos blancos en sus bordes. Patas largas y elegantes. Su cabeza redondeada semejaba la de una reina maquillada con pestañas y pendientes. El pico un tris largo y de delicado cuello. Salieron de su escondite calladas, pero no podían volar sin rozar las ramas del frondoso árbol que les servía de sombra y sobre las que se posaban para acicalarse antes de emprender el vuelo. Al desplazarse por entre las hojas y los chamizos producían esa bulla que inundaba la cuadra.
De pronto, alzaron las tres el vuelo y el espectáculo que presentaron fue mejor que la Danza de los Cisnes en la cinta de Walt Disney. Qué elegancia de alas. Qué colas. De su bajo vientre salían como un penacho y se abrían como abanicos que se batían en el aire. Una se estacionó en la palma alta de la esquina izquierda y las otras dos fueron a esperar en el árbol que cierra la cuadra frente a un spa ruidoso. Quise tomar una foto y esperé que las divas regresaran a donde está su nido, pero alzaron con majestad sus alas y se perdieron en la altura por detrás de los edificios.
Me quedé con la cámara lista, con el zoom abierto, para captar sus cuerpos esbeltos y la belleza de su vuelo. Pero mis ojos tuvieron la fortuna de gozar un instante de la compañía de tan ilustres viajeras de quien sabe qué continente o qué manglar marino.
Sé que asistí de gratis a una escena de danza al natural, sin utilería costosa, sin libreto y sin ensayo y solo para mí como espectador gozoso. Sé que cuando llegan las 4:30 de la tarde vendrán otra vez a buscar paz en su refugio y mi vecindario se llenará de sus vuelos de seda, sus mimos negros y sus picos finos.
10-05-11 – 10:50 a.m.
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