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martes 25 octubre, 2016 a las 11:23 am

¿Inseguridad? Una reflexión sobre la naturalización del miedo

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Daniel Campo Palacios

El pasado fin de semana a mi pareja y a mí nos atracaron. En la mañana del domingo nos encontrábamos haciendo avistamiento de aves con binoculares en la montaña detrás del barrio Belén, a un costado del cerro Cristo Rey, donde en ocasiones se improvisa una pista de ciclomontañismo. Con mi pareja hemos forjado la costumbre de dirigirnos a esta zona para ver algunas especies (mirlas, azulejos, petirrojos, oropéndolas…) y también para divisar el pueblo y el cerro Garrapatero al occidente. Esta vez fuimos abordados por dos jóvenes sin duda menores que nosotros, quienes llegaron desde la parte alta de la montaña apuntándonos al rostro con armas de fuego. En un instante nos quitaron todo lo que llevábamos. En seguida, llegamos caminando hasta el punto de información que desde hace unas semanas la Policía Municipal tiene instalado en la cuadra entre el Polideportivo Los Guácimos y el Instituto Técnico. Dimos la información y el cuadrante reaccionó en el acto. Lamentablemente, tras una hora de búsqueda y de identificación de sospechosos, no fue posible dar con los ladrones.

Al volver a casa, todavía sobrecogidos por la rabia, la tristeza, la impotencia y el temor, tuvimos una larga conversación sobre lo que nos había ocurrido. Primero se nos impuso la certeza de un golpe de realidad. Claro, la inocencia de pretender que nos encontramos en un pueblo donde este tipo de actividades (el avistamiento de aves) se pueden practicar sin preocupaciones. Es evidente que espacios como aquel en donde nos atracaron han sido cooptados por esa creciente masa de muchachos que dedica buena parte de sus días al consumo de psicoactivos y estimulantes. Así como aquí, también en la loma de El Canalón, el camino a las canchas de Triviño, el camino a San Pedro y las cercanías a la sede de las universidades, están en manos del lumpen de la sociedad quilichagüeña, jóvenes acelerados, exponentes de lo que el antropólogo Juan Cajas llamó la cultura de la droga. Nos sentimos culpables al pasar por alto esta ineluctable realidad y considerar viable transitar con libertad por los lugares del pueblo donde todavía se pueden ver nidos.

En este punto de la discusión llegamos a una conclusión descorazonadora. Hace mucho tiempo dejamos de sentirnos seguros en Santander. Desde las tomas guerrilleras, la posterior hegemonía paramilitar y el actual coctel de narcotráfico y minería de retroexcavadoras, en el pueblo (¿en el país?) se ha venido configurando un terrible estado de naturalización de la descomposición del tejido social. Se ha establecido un nuevo sentido común, una nueva serie de valores que nos plantea la necesidad de temer, la rutina de resguardarse; una dolorosa naturalización del miedo. ¿Pero se trata de un problema de seguridad? Nos atrevemos a decir que no exactamente. Creemos que la inseguridad es un subproducto de un problema fundamental en el pueblo y es el modelo de sociedad al que, adrede o no, apunta. Podemos ver entre nuestros familiares y allegados la influencia que el estilo de vida narco y, más recientemente, del minero, tiene en su forma de ver el mundo. No queremos repetir ahora todo lo ya dicho sobre el dinero fácil, los excesos, los lujos y la sexualidad mercantilizada que acompañan estos estilos de vida, pero sí consideramos necesario detenernos en la vindicación, consciente o no, que la sociedad quilichagüeña les está otorgando.

Encontramos que estas formas de hacer en el mundo, de crear capital cultural, en donde se apuesta casi exclusivamente a hacer dinero y obtener lo que se desea por cualquier medio que implique el menor esfuerzo, se están instalando como factores constituyentes y valederos dentro de las normas de convivencia. Los jóvenes de Santander se encuentran a sí mismos insertos en una lógica en la que aprovechar el tiempo significa deambular drogado en una motocicleta, obtener dinero es la finalidad suprema sin importar los medios, el respeto se consigue a través de las armas y, en general, todo se debe subordinar a la pronta y ostentosa satisfacción de los deseos individuales. Creemos, siguiendo lo ya dicho por Estanislao Zuleta, que aquí se encuentra nuestra mayor debilidad: deseamos mal.

Entonces nos dimos cuenta que no necesitamos proferir insultos al aire, desear males duraderos a los ladrones o rezongar una justicia ineficaz, mucho menos sentir simpatía por las nefastas ‘limpiezas sociales’. Lo que vimos necesario, lo que consideramos importante, es algo cuya complejidad radica en la simpleza de su formulación: conversar. Creemos que en el fondo hay una desastrosa ausencia de comunicación, una profunda ignorancia de las consecuencias de nuestras malogradas formas de desear, una peligrosa costumbre de ignorarnos y, como lo expuso Albert Camus en La Peste, “el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar”. Conversar con los asaltantes nos tiende un puente para ya no solo entender las desigualdades materiales que seguramente hay entre ellos y nosotros, sino también comenzar a hacer evidentes -dejar de ignorar- esas otras desigualdades, quizás más definitivas, que son las de la sensibilidad, del mundo que nos es aprehensible.

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