IBIS NEGRA CON SANDALIAS VERDES


Loco-mbiano

Venía caminando detrás de nosotros por la vera del Río Cali. No estaba como las demás Ibis negras enhiestas entre el agua del lecho pando del Río. No estaba radiante sacando peces, algas, lombrices o serpientes con su pico rojo y relamiéndose de gozo por el bocatto di cardinale.
Sentimos su presencia y volteé la cara. Alguien desconocido hasta ahora en nuestras caminatas se sumaba en el paseo diario. Era una muchacha esbelta, de tez negra, muy delgada, alta, con blusa negra suelta sobre su torso, de cara bella y aspecto elegante. Pasó tranquila por nuestro lado y siguió adelante sin musitar siquiera una palabra. Desaceleramos al paso y la miramos por largos instantes hasta que desapareció en la esquina lejana.
Apenas si la contemplamos por unos cuantos minutos pero se nos llenó el alma de su halo. Llevaba dos bolsos. Uno negro pequeño y otro abultado y rojizo que se descolgaba sobre su espalda. Allí debía llevar sus efectos personales con qué adornar sus muñecas y oreja izquierda. Alguna crema usaba pues sus brazos y piernas lucían por el cuidado. No digamos que usaba perfume aunque sí exhalaba el conocido olor del hambre.
Caminaba erguida, armoniosa y casi orgullosa de una estirpe sagrada y con fortuna. ¿Qué pasaría por su mente? Su aparente desaliño y su figura casi esquelética contrastaban con el tono de su finura. Al andar, en otro lugar, con algo de dinero en el bolso y con mejores vestidos, cualquiera la hubiera aplaudido como si desfilara en una pasarela de modas.
¿De dónde venía y en dónde viviría? Muchas preguntas alguien se haría. No era una mendiga ni muchos menos, ni parecía una de esas viciosas que huelen a yerba y tienen roja la mirada. Recién al verla tan digna, tan segura de si misma, nos volvió a mirar como si se hubiera dado cuenta de tantos pensamientos que cruzaron por nuestra cabeza.
Ella siguió como una reina, pisando airosa con sus dos sandalias verdes, con lazos de adorno en sus muñecas y un zarcillo en su oreja. Ni le hacía falta el de la derecha. Su cabello no hacía mucho se lo había alisado y lo llevaba cortado hasta la altura de la nuca. Las palmas verdes batieron sus alas y los guaduales bailaron salsa a su paso.
Las ibis en el río con sus sandalias rojas y su pico en arco la miraron desde el agua con su pelaje negro. ¿Sería una de ellas que había salido a caminar con los habituales novios? La vieron y se confundieron porque parecía de su misma prosapia. ¿Pensarían ellas, acaso, que se había disfrazado de Circe para ir a buscar a Odiseo?
A la Ibis negra con su gracia la perdimos de vista en la esquina lejana. Dirigió sus pasos hacia el Sur donde duerme el negro Mar y Pacífico con sus olas verdes y alcatraces en el lomo.
Ibis eremita: https://www.youtube.com/watch?v=vgqVh0wE9q4



