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Sábado, 3 de octubre de 2026
jueves 26 enero, 2012 a las 8:50 am

HORACIO DORADO G

Incultura de la Cultura
“Al pueblo hay que darle lo que le gusta”. Esta frase se la oí a un funcionario del gobierno municipal. ¡Se equivoca!, le dije, tratándose de espectáculos públicos llamados “Fiestas o carnavales”, para el caso da igual. En programas musicales, espacios recreativos, culturales y deportivos, aún los responsables no entienden que en sus manos está la posibilidad de moldear preferencias, educar el gusto y fomentar conciencia crítica en la sociedad. La mayoría de eventos llamados a convocar grandes masas de público en calles, avenidas y en la inconclusa plazoleta, proponen sueños baratos donde la mente no necesita movilizar una sola neurona. Siguen siendo las mismas “diversiones” de la “Culta Popayán”, con surtidos e improvisados distractores anuales, adulados por la pauta publicitaria como las “mejores del suroccidente colombiano”.
¡Lástima el desusado payanés famoso por su análisis constante del entorno! Se erigía en crítico hasta de los más complejos problemas económicos, sociales y políticos, para demostrar que la mirada criolla no solo era satírica sino culta, con capacidad de argumentación para defender posturas con elementos claves, muchas veces profundos. Caímos en universalización negativa de estéticas y valores prefabricados y soportados por enclenques ideas, que no van más allá de la palabra “diversión”, en el sentido más simplista. No hay público exigente. Ahora le embaucan la conciencia con intereses vanos y alienantes, al ruido del taca, taca, brinca, brinca. Tres o cuatro mil adictos a la juerga y al desmadre, no son la ciudad.
Los responsables de la programación cualquiera que ella sea, deben garantizar ofertas que diviertan y hagan pensar, lo cual no siempre sucede aquí, por eso la mayoría huye de la ciudad. Cuando la cultura y algunas manifestaciones que están en ella cambian como los modismos del idioma, los códigos urbanos, los moldes a seguir, los símbolos y los valores, no hay espacio ni tiempo para que nos sintamos identificados. Una sociedad con deficiente educación, sin propuestas artísticas, culturales, está condenada a vivir en la mediocridad. ¿Acaso debemos organizar marchas para que haya Secretarías de Cultura y Desarrollo Social? Pareciera que el Estado le apuesta a seguir manteniendo ignorantes y callados ciudadanos formados en la vulgaridad ¿No es más caro eso?
Ante la incultura en Popayán, la clave está en que el gobierno local asuma la responsabilidad de innovar al menos, algunos comportamientos, intentando con éxito influir de manera puntual sobre la cultura y la conciencia de la gente sobre la ley y sus mecanismos de aplicación. Cambiar de actitud buscando dos propósitos: cumplir y hacer cumplir la ley, y lograr los fines colectivos. Construir ciudadanía, reducir el gasto de agua, no contribuir a la congestión vial, sino mejorar la movilidad en la ciudad, erradicar la pólvora para evitar niños quemados y exterminar la violencia, a guisa de ejemplos.
Todos necesitamos de reglas morales y culturales. Las morales “desde adentro”, o sea, las actitudinales que producen complejo de culpa cuando las violamos y satisfacción moral cuando las respetamos. El problema de Popayán es que intelectuales e ignorantes no tienen cultura. ¡Vaya palabreja usada con varios significados! Ser culto, expresión entendida como ser “bien educado”, significa con mayor frecuencia “tener buenas maneras”. También puede significar, tener conocimientos en variedad de temas, “cultura general amplia”. Intelectual no es lo mismo que ser culto, pues existen personas brillantes con ideas geniales, pero carentes de cultura. Si fuéramos civilizados e intelectuales, nos preocuparíamos por nuestro propio bienestar social, económico, político; pero además, por la ciudad y por los seres humanos que la habitan.
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miércoles 4 agosto, 2010 a las 1:39 pm

HORACIO DORADO G.

¡Todos tenemos la culpa!
Aunque falta un buen trecho por recorrer, ya empieza la feria de las postulaciones. Me refiero a la importancia de las próximas elecciones: concejales, diputados, alcaldes y gobernadores. Por desdicha los candidatos no surgen de la base popular. Siempre se ha sostenido que el pueblo vota, pero nunca elige. Y claro, ¡todos tenemos la culpa! Todos hacemos de la democracia una institución frágil, porque no la respetamos.
Veamos, la mayoría de ciudadanos sostienen que no se sienten atraídos por la política, y por eso, no se meten. Entonces, a quienes les gusta o les llama la atención, son los que siempre escogen aspirantes. Los ponen en la baraja a sonar y a jugar. La montonera o clase política, que tiene conformado un grupo, directorio o movimiento político, tampoco toma las determinaciones colectivas, porque adentro hay otro círculo, tan reducido, que se puede contar en los dedos de las manos y sobran dedos. O sea que el margen de posibilidades se vuelve más estrecho aún. Y si se tiene en cuenta que para aspirar, se requieren por lo menos tres condiciones: ganas, plata y votos, el riesgo de obtener un escaño, se limita a unos pocos personajes, que por lo general no son los más idóneos.
Ahora sumado a lo anterior, surge otro sistema nada ortodoxo, ni conveniente para la ya frágil democracia. Se ha vuelto costumbre la condición: “tú me eliges yo te elijo”. Es decir, la moda del trencito o carrusel.
En los mandantes de cualquier nivel, es común encontrar cómo hacen los pactos políticos, con años de anticipación. Hecho que, no sólo constituye un engaño a los electores, sino un desangre a los recursos del Estado. Los sucesores los sacan de las entrañas de la administración pública, después de haber usufructuado las mieles del poder. Los colocan en la cúspide, paseándolos por todos los rincones como los dignos legatarios de la respectiva administración.
Por eso los más aptos, no se atreven a postular sus nombres ante la desigualdad de condiciones, el aparataje político de la dedocracia que algunos construyen a fuerza de chantaje.
Estas prácticas electoreras, han dado al traste con la gestión administrativa en nuestro país. Por ello, alguien dijo: Los gobernantes no piensan en la administración, sino en su próxima elección. Prueba de ello, es el desgrane de la mazorca administrativa. Ya veremos a quienes han usufructuado el poder, maquinaria en mano, estarán en el desfile de renuncias para no “inhabilitarse” en su ambición de continuar en él.
Luego entonces, todos somos artífices de nuestro propio destino. El periodismo que ensalza candidatos mediáticos; los abstencionistas que permiten que otros hagan la política por ellos; los líderes que reciben dádivas personales; los electores que con los ojos vendados los ponen como volcanes del seno popular. En fin, todos sin excepción, contribuimos para que a las regiones llegue con cada elección el atraso y la miseria.
Algún día crecerá el grado de conciencia para ponerle esencia al respeto, la mirada atenta, la atención para saber ver las cosas que otros son incapaces de ver o captar. En esto tiene mucho que ver la moralidad de la gente para saber escoger a sus propios dignatarios, sin tolerar el ventajismo político de aquellos que se consideran líderes.

Especial para Proclama del Norte.

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martes 13 julio, 2010 a las 1:21 pm

HORACIO DORADO G.

Ingrid-manía
A pesar de ser un “lempo de hembra” nunca me cayó bien Ingrid. Tiene un excitante cuerpo, en vestido de baño pone a temblar a cualquiera, no hay duda. Es muy guapa. Una belleza natural, sin pintura ni color en el cabello.

Según enseña Sócrates el amor es primordialmente una especie de locura -manía- que proviene de los dioses, vale decir, divina. Es una manía porque es una emoción irracional, aunque alcanza su más alta expresión sólo cuando se une a las claridades de la razón, por ejemplo, en el amor filosófico de la verdad y de la belleza
En Colombia es normal oír a diario esta misma actitud por parte de los maridos, pero que ejerciendo ese machismo heredado por generaciones: desean tener una esposa “abnegada” y cuidando a sus hijos, nada más.
Por lo general, los machos latinos clasificamos a las mujeres en dos grupos. Las mujeres buenas y las buenas en cursivas. Veamos las características de cada una de ellas:
La buena mujer es educada, ha tenido máximo un pretendiente con el que ha durado un año sin admitir que se propasen con ella, es una mujer difícil hasta para pedirle un beso ¡Hay que conquistarla!
En cambio, la mujer buena ha perdido la cuenta de los hombres que han pasado por su vida. Es una ‘rica’ mujer, experimentada, con la que se siente rico besar. Por tanto, no se hace de rogar porque también lo va a disfrutar.
Una buena mujer se casa virgen y usa el sexo con las luces encendidas, sólo para procrear hijos y como obligación con su marido es una mujer de la casa. Una buena mujer soporta a su marido hasta que la muerte los separe. Lo atiende, le lava, le plancha…
La mujer buena le saca gusto a la inmoralidad, lo atiende por donde la propia lo desatiende. En fin una mujer puede devolverle o quitarle el equilibrio a un hombre.
Pero hay otro tipo de mujer que no clasifica en ninguna de las anteriores: las mujeres que son buenas para organizar campañas, extraordinarias moviendo las masas, movilizando gente, y otras veces participando en la contienda por la función pública. Desnudándose en el buen sentido de la palabra ante el público. O sea las mujeres que ingresan a la política.
A las mujeres tradicionalmente no les agrada asumir roles políticos, pero cuando lo hacen, se desempeñan bien. Siendo mayoría tienen posibilidades altas, pero pertenecen al partido minoritario de la indecisión. Entonces, siempre tienen al hombre encima de ellas. Nadie le regala a una mujer un cargo, tienen que luchar para conseguirlo. Por eso, tienen que comenzar temprano en la vida y asumiendo riesgos. Todos los temas, son temas de mujer.
¿Ahora sí, amigos que me leen, cuál de las mujeres escogería? Aunque muchos tienen dos: en la casa, la casta, la pura, no importa si es fea y vieja con dolores. Que me duele aquí, que me duele allá, siempre con el ayayayayy… por delante. (Así se ven después de muchos años de matricidio).
O ese amor oculto. La que siempre está dispuesta al llamado, sin dolores, sino con los fingidos ayayayes del momento pasional. El tipo de mujer de la cual se rumorean historias de sexo, amantes, infidelidades o cualquier cosa que lleve a pensar que desarrolla una sexualidad ardiente, hay algo de morbo en esta atracción pero siempre funciona. En este punto aclaro que no hablo de elección de pareja sino de atracción por un tipo de mujer.
Volviendo al amargo episodio de la afrancesada Ingrid, aunque nunca fue mi tipo de mujer, es una mujer de honor, pero de extrañas actitudes.
Ingrid Betancourt nació en 1961, en Bogotá, Colombia. Pasa una parte de su infancia en Francia, siendo su padre, durante algunos años, Embajador de Colombia ante la UNESCO. En París, ve pasar por su casa a todas las personalidades políticas colombianas. Se codea también con el poeta chileno Pablo Neruda y el escritor colombiano Gabriel García Márquez, amigos íntimos de sus padres, ambos futuros Premios Nobel. Todos le enseñan la grandeza de su país. Su padre le enseña que ella tiene una deuda para con su país: «Debes saber, Ingrid, que Colombia nos ha dado mucho. Es gracias a ella que has conocido Europa, que has ido a las mejores escuelas y que has vivido en un lujo cultural que ningún niño colombiano conocerá nunca. Todas estas posibilidades de las que has disfrutado hacen que hoy tengas una deuda hacia Colombia. No lo olvides”
Especial para Proclama del Norte.
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viernes 18 junio, 2010 a las 7:36 am

HORACIO DORADO G.

Pongámosle color al voto

Ni la aritmética miente, ni la gente tragamos entero. En Colombia hay democracia y los votantes estamos obligados a conservarla. No votar es indiferencia con ella. Y, aunque votar en blanco no es un acto antidemocrático, hacerlo ayuda al candidato favorito aumentando la ventaja sobre Aurelijus Rutenis Antanas Mockus Šivickas. Pero no se trata de eso. Lo prudente es ponerle color a los votos, legitimando aún más el mandato del próximo presidente. Entonces, ¿por qué renunciar al sagrado derecho de expresar la voluntad por uno u otro candidato?

El terrorismo, quebrantamiento de los derechos humanos, desempleo, corrupción, que arruina al país, de una vez hay que resolverlo para que reine la paz. Secuestrados pudriéndose en las selvas es un acto injustificable ¡La paz es factible, está cerca! Acuerdo Nacional es la solución para ponerle fin a la violencia. Doscientos años de vida republicana y cincuenta de guerra permanente con muchos muertos y una economía en menoscabo. ¿Acaso ello no es suficiente para ponerle colorido a los votos el próximo 20 de Junio?

Si lo anterior fuese poco, el narcotráfico es el combustible del conflicto colombiano, que alimenta de recursos a la guerrilla. Cierto, es un problema trasnacional, por eso se requiere una victoria arrolladora para que Colombia, no libre sola la batalla contra el tráfico de drogas. Llevamos cuatro generaciones, sin ver la paz un solo día. Entonces, por qué no anhelar que en cuatro años más, todos unidos, la paz sea absolutamente posible. Cuarenta millones de ciudadanos contra siete mil improvisados, asesinos y violadores de Derechos Humanos. Con diez millones de votos de los demócratas que estamos obligados a contribuir, conseguiremos la paz. Además, debemos legitimar el gobierno para la lucha frontal contra la corrupción, flagelo que hay que vencer con urgencia. Tampoco es un cuadro difícil si se unen las gentes de bien.

En hora buena, Juan Manuel Santos Calderón, convenció y venció en la primera vuelta. Y para la segunda, es fácil pronosticar su triunfo, pero robusteciendo la democracia con una victoria histórica. Juan Manuel es un líder con capacidad de trabajo y resultados contundentes, don de mando, visión de futuro, disciplina de estudio, presencia y credibilidad internacional. Sin duda, en su cuatrienio va a «derrotar el desempleo, combatir la pobreza, luchar contra la corrupción y erradicar el terrorismo», según lo sintetiza su programa de gobierno. Aseguremos una copiosa votación para que la fortalecida coalición parlamentaria produzca las reformas en sintonía con la opinión pública.

Por último, los delirantes encubiertos en ese nuevo estilo de violencia virtual, no deben dejarse llevar por pasiones extremas, porque demuestran falta de civilidad política. El insulto para el que milita en la otra orilla del pensamiento a través de esa nueva herramienta tecnológica para defender dizque posturas `ideológicas`, es una sinrazón. Unidad nacional, alimentada de amor y no de odio.

Civilidad: Un deber ciudadano es votar, después el futbol.
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