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Martes, 6 de octubre de 2026
sábado 25 junio, 2011 a las 8:54 am

HOMENAJE A SAN JUAN DE LA CRUZ

Rodrigo Valencia Q.
Especial para Proclama del Cauca
Ilustración: “Homenaje a San Juan de la Cruz”, pintura de Rodrigo Valencia Q
Así se llama la pintura. Si se pregunta por qué, no hay razones convincentes más allá del hecho de que evoca una insondable “noche oscura del alma”, con un misterio casi intocable, extensa provisión de lo indefinible.
Si se busca el reino santo, trascendente, desaparecen todos los lugares comunes; hay que hacer tabla rasa, borrar lo usual extraviado en los afueras del ser para llegar a lo intocado. Ascética, renuncias y desmedidas esperanzas sin rostro definido. Alguien, Aquello, lo Infinito, la Deidad, abscóndita en lo profundo del alma, hace guiños metafísicos, atrae con sutil encanto, enseña en soledad.
San Juan de la Cruz y todos los místicos han subido por la escala; Jacob la vio; bajaban y subían ángeles por ella, que es como decir el ascenso y descendimiento del conocimiento, una senda secreta porque todos los mortales han extraviado la mirada en otras direcciones.
El cuadro, con colores en su mayoría fríos, denota la ambigua insuficiencia de las cosas; unos pocos signos hacen presencia desolada; algún espacio indefinible, eterno, innominado, puede ir más allá de los márgenes de la pintura. Una especie de cielo espera que se allegue a él, pero los tachones rojos, furiosos, castigan el deseo; nada hay impoluto hasta que se descubre el despojamiento santo. No hay asideros posibles para comunicar lo indefinible; sólo la apacible esperanza, un amor secreto y puro, enderezan la mirada y el nacimiento de las alas. Ya Platón habló bellamente de esas alas del alma en Fedro; son el impulso hacia la otredad, el camino que desvela a los santos, sabios de lo abscóndito y sagrado, místicos de la realidad desconocida.
El pintor podría pensar que es insuficiente su esfuerzo, y lo es; la falta de un ojo comprensivo va a acentuar esa catarsis incompleta; sin embargo, así lo ha sentido; en el centro del alma, la radiancia de esa luz impenetrable le exigía ese léxico abstracto, inapropiado para expresar poéticamente el deslumbramiento de lo sacro, la sinmedida que esa experiencia representa. La belleza o fealdad de la pintura no importan; cada quien tendrá que hacer uso de su propia providencia estelar, acercarse o rechazar esa imagen midiendo su sensibilidad. Apropiada o no, es de todas maneras un intento de homenaje a ese gran místico español del siglo XVI que fue San Juan de la Cruz, uno de “los pocos sabios que en el mundo han sido”, aquel que dijo: “En la noche dichosa,/ en secreto, que nadie me veía,/ ni yo miraba cosa,/ sin otra luz y guía,/ sino la que en corazón ardía.”.
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