Hay que detener el crecimiento urbano nefasto


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Hablar de ciudades es hablar de actores, ídolos y personajes. Y no vamos a referirnos a los gobernantes, ni a los corporados que administran las municipalidades, ni a las figuras visibles de la actividad política, ni a los orates que le dan un tinte de humor público a las ciudades.
Se trata de mirar a la ciudad contemporánea desde la perspectiva dramática de las próximas décadas, la ciudad de los que vienen, de las generaciones actuales y las que sin haber llegado al mundo ya tienen garantizada la pavorosa existencia de la crisis urbana en las próximas décadas, si las poblaciones victimizadas por la demencia del mercado y los gobernantes no asumen decisiones para que el Estado cambie el paradigma de la ciudad neoliberal.
La Organización de las Naciones Unidas, ONU, en una de sus menguadas afirmaciones, ha dicho desde Medellín al mundo, que siete de los cada diez ciudadanos que en el año 2050 vivan en centros urbanos soportarán el caos y la anarquía que producirán más de dos mil cien millones de vehículos rodando por las calles de las ciudades.
Los investigadores del conflicto urbano no se equivocan sobre los problemas de la movilidad, pero encumbren con sus aterradoras cifras que la crisis no la producen los vehículos sino el modelo de ciudad que corresponde a un modelo de producción que sacrifica a los seres humanos en los altares de las mercancías.
Lo nefasto y desventurado para el mundo no solamente está en el enunciado catastrófico de la desmedida producción vehicular, sino en la manera inepta y desmañada como la ONU platea la tesis del cambio del paradigma urbano, promulgando que no se construyan ciudades para el vehículo privado, atemorizando al mundo con los trancones y la neurosis colectiva, antes de profundizar sobre las ciudades antidemocráticas, segregacionistas, enmarañadas y excluyentes que ha fomentado el libre mercado.
Desarrollo de ciudad ha sido entendido como política de cemento y hormigón, donde el centro comercial es el nuevo templo de la ideología dominante. Allí las personas creen encontrar la notoriedad ignorada, renombre pasajero, reputación otoñal, solidaridades perdidas y adolescencia cómoda.
Centro comercial y carro son como el sello del crecimiento demográfico urbano, tanto que un “Día sin carro” es como si sus propietarios no existieran. Adocenados a sus caballos de fuerza y versatilidades técnicas pareciera que con ello incrementaran su poder y estatus social en la ciudad postmoderna. Carro y centro comercial: protagonistas del urbanismo de la época.
Puentes deprimidos para viajeros abatidos por la desesperanza, autopistas de varios niveles para curar ansiedades, edificios de cien pisos para estratificar soledades, semáforos inteligentes y semáforos con retardos electrónicos, paseos peatonales para hierbateros, descanso de pistoleros, vendedores de ilusiones y curanderos de enfermedades terminales, que compiten con las políticas de salubridad pública.
Ciudades donde el conflicto de los vendedores ambulantes y buhoneros se resuelve de manera policiva en la primera fase, por lo menos esa es la intencionalidad, y en su segunda etapa con la formalización mercantil y la construcción o adaptación de centros comerciales populares.
Se trata, en teoría, de construir centros comerciales, de rango popular, alto y medio, donde las personas compartan espacios seguros y seductores, sin atracadores y menesterosos, degusten comidas chatarra, asistan a cine ofensivo del buen gusto y pasen el tiempo disfrutando del consumismo mercantil en ambientes climatizados.
Ha dejado de ser el mercado un tejido de saberes y conocimientos, cruce de coincidencias amistosas y congregación para el fortalecimiento de los afectos.
Ciudades donde el tiempo libre está a merced de la cerveza y el aguardiente; prácticas etílicas fomentadas por el Estado, que culminaron, en gran parte, con la desaparición de celebraciones familiares, tradicionales y populares de nuestros pueblos.
Ciudades que se van quedando sin raíces, sin pasado y sin identidad, sin el clima y, lo peor, sin el paisaje, ciudades donde las ciudadanas y ciudadanos no participan, su consulta no es necesaria, otros piensan y deciden por ellos, comunidades de los que molestan y fastidian.
No es una tarea sencilla hacer ciudad en casos como el de Popayán, no obstante, hay que reconocer que se están dando pasos positivos, no es fácil pero si es posible y necesario, pese a la estrategia ocupante de su territorio por quienes sólo viven en función del capital.
Incorporar justicia, promover ordenamiento urbano, evitar la proscripción del paisajismo urbano, fomentar el empleo, detener la aplanadora privatizadora es construir justicia social.
Atajar sus ruedas y ponerlas a girar a favor de una ciudad democrática es posible, que restañe heridas aún abiertas, que respete su naturaleza, ciudad donde los seres humanos sean el fundamento del desarrollo humano, principalmente los sectores pobres y vulnerables, para quienes la ciudad como centro de civilización y progreso aún no existe. Hasta pronto.



