Gobernar para, o gobernar con la gente
Por Jorge Muñoz Fernández
Es evidente que en América Latina está en crisis el Estado-Nación, contribuyendo a su decadencia la aplicación estratégica del neoliberalismo, que condujo a la cruda competencia entre naciones, regiones y empresas en detrimento de la clase media y, en especial, de los sectores pobres de la población. Y pese a que la teoría neoliberal fue presentada como acabada y completa, vale decir sagrada, no pudo garantizar automáticamente la evolución de las fuerzas productivas, ni las mieles del bienestar social.
Décadas antes tampoco tuvo éxito el llamado desarrollo promovido por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) que pretendió dar felicidad a cambio de acelerar la industrialización para generar desarrollo, crecimiento, inversión, empleo y distribución del ingreso a largo plazo.
Ni lo uno ni lo otro, ambos modelos sucumbieron, aunque haya sectores ligados al poder que sostengan que no ha llegado la hora de sus funerales. Tampoco admiten que hayan provocado fracturas en la democracia representativa, aún teniendo en cuenta la última experiencia de Honduras, calificada de legítima por su volumen electoral, como si no tuviésemos en la propia historia colombiana épocas en que regímenes autoritarios consideraron legítimo el poder obtenido mediante procedimientos autocráticos.
Martha Harnecker, quien se conserva plena, vital y con mayor lucidez que en la época parisina de “la imaginación al poder”, dedicada ahora a la pedagogía popular, con quien tuve el privilegio de sostener hace una par de días una agradable conversación, expresaba que los modelos clientelares y populistas de América Latina, que exaltaron la democracia representativa, están dando pasos acelerados hacia la democracia participativa, donde lo esencial no es “gobernar para”, sino “gobernarse a sí mismo”, en una transición hacia “gobernar con la gente”.
Y nada tan fatal para toda democracia que una relación entre el Estado y la ciudadanía basada en el que el Estado se presenta como gran solucionador de los problemas, mientras la gente permanece distante, pasiva o indiferente, tal como ocurre también con los profesionales de la política, que obran como salvadores supremos o curanderos sociales, cuando se trata de ejercer protagonismo electoral en las comunidades.
Toda una herencia de pillaje, de rechazo a la auditoria social, de colectividades partidistas que deciden por la gente, de populismo, de burocracia incompetente, de obras señaladas a dedo, que se negó a la sistematización de experiencias, que rechazó la teoría de crear poder popular para jalonar el desarrollo, debe ser sustituida por la participación de popular, que destruya supersticiones y mitos políticos, erradique la violencia institucional y la violencia insurgente, para que los dineros para el desarrollo sean para el beneficio de toda la población y no vayan a parar a manos de pillos y malandros con sacoleva, para que los partidos sean la expresión del poder del pueblo y no simples enganchadores de votos.
[email protected]
Caracas DC, diciembre 2 de 2.009



