GIORDANO BRUNO, EL HEREJE (1973)


Rodrigo Valencia Q. ©
Cada vez que miro esta película sobre el proceso de la inquisición a Giordano Bruno, filósofo hermético y platónico del renacimiento, me bulle verdadera indignación; pero la ira, que no es viento anímico fácil de apartar, tampoco es un sentimiento a partir del cual se deba expresar un concepto sobre algo. Sin embargo, puedo afirmar persistentemente la calidad de este filme porque hace justicia a una verdad histórica; porque levanta el rostro de Bruno ante la indignidad de sus acusadores; porque ayuda a apartar sombras que sumieron siglos entre la superstición y la indignidad montada en el poder; porque es una mirada crítica a los procesos intocables de una «justicia» falsaria y vergonzosa; porque el tiempo tiene que reivindicar la historia hasta dejarla entre sudarios purificados de toda mentira; y porque es una realización de estructura cinematográfica conmovedora, convincente.

Mientras todo el boato y riqueza del Vaticano brilla en atmósferas escénicas de fondo, y las púrpuras cardenalicias y los gestos de los acusadores procuran una sentencia favorable a la Iglesia, Bruno aguanta durante años en las cárceles de la inquisición la sentencia final: condenado a morir en la hoguera el 17 de febrero de 1600, en Campo dei Fiori, Roma, por «hereje impenitente, pertinaz y obstinado…»
Dirigida por Giuliano Montaldo, con Gian Maria Volonte como Bruno, producción de Carlo Ponti y con música de Ennio Morricone, esta película, realizada en 1973, es un asomo al hombre que encumbró su mirada hasta «el infinito universo y los mundos».



