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Sigue escribiendo contra el poder y el olvido
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Conserva una esperanza después de tanta guerra

Llegué a Riofrío con varias páginas de preguntas posibles y terminé prácticamente sin necesitarlas. Con Gustavo Álvarez Gardeazábal ocurre algo particular: una pregunta abre cinco caminos y cualquiera puede terminar en una novela, una cárcel, un ganso, un presidente, una familia o un cementerio.
Nos sentamos en el parque principal. El terremoto había obligado a cambiar el escenario que yo había imaginado. Quería entrevistarlo en El Porce, esa casa que quienes seguimos su obra conocemos también como extensión de su mundo literario: animales, libros, antigüedades, cuadros, recuerdos. La casa quedó afectada y, según me dijo, allí prácticamente no había dónde recibirnos.
El parque terminó siendo mejor escenario
Riofrío está atravesado por su memoria. Allí recibió al profesor alemán Günter Lorenz; desde allí fueron a Trujillo a reconocer escenarios literarios; al frente de donde nos sentamos a dialogar se presentó ante la Fiscalía durante el episodio judicial que terminó llevándolo a prisión siendo gobernador del Valle. Ahora, a sus 81 años, vuelve allí para conversar sin libreto.
Comenzamos por los libros. Me contó que aprendió a leer hacia los tres años sobre la tabla de una cama, mientras su madre le enseñaba con carbón vegetal. Todavía lee diariamente y puede consumir hasta tres libros semanales para escoger uno que recomendar.
Después de más de seis décadas escribiendo, decidió concentrar sus energías en cuidar el mito de Cóndores no entierran todos los días. Recordó una conversación con Juan Rulfo y aquella explicación de por qué había dejado de publicar: se dedicaría a “echarle incienso” a Pedro Páramo. Gardeazábal siente que ahora le corresponde hacer algo semejante con Cóndores.
También hablamos del país que dejó de leer. Recordó los cerca de 180.000 ejemplares alcanzados por El Divino y los comparó con los diez mil de uno de sus éxitos editoriales recientes. Las pantallas, dice, comprimieron el pensamiento hasta convertirlo en títulos, frases y latigazos.
Desde allí saltamos a Trump y al presidente Abelardo de la Espriella. Gardeazábal conserva intacta la capacidad de incomodar. Describe gobiernos que encienden demasiados “fogones” simultáneamente y gobernantes que convierten la política en espectáculo.
Volvimos después sobre su propia vida. Recordó Piedra pintada, aquel primer libro que terminó costándole la expulsión de la Universidad Pontificia Bolivariana. Recordó sus alcaldías de Tuluá, la Gobernación del Valle, la cárcel y seis años que asegura haber pagado completamente.
Después apareció Konrad Lorenz. Su hermano Günter estudió y tradujo a Gardeazábal en Alemania y terminó relacionándolo con el Nobel. Gustavo se carteó con él y de esas conversaciones conserva aprendizajes sobre los gansos, animales que hoy pueblan El Porce por centenares y consumen, según calcula, unas cinco toneladas de maíz mensuales.
Hablamos también de El titiritero, del movimiento estudiantil de 1971, de ficción e historia, del boom latinoamericano al que decidió no pertenecer y de la orgullosa condición de escritor de provincia que construyó su carrera sin agente literario.
El tiempo comenzó a vencernos. Entonces le pregunté por su tumba. En el Cementerio Museo San Pedro, en Medellín, tiene preparado un mausoleo. Ha pedido que su ataúd permanezca vertical. Su explicación resume quizá mejor que cualquier biografía los 81 años del hombre que tenía frente a mí: Quiere que lo entierren de pie porque nunca hizo genuflexión, nunca dobló la cerviz.
Terminamos hablando de Colombia. Le pregunté si un hombre que ha dedicado buena parte de su literatura a narrar nuestra violencia todavía cree posible la paz. Gardeazábal miró el país desde aquel parque de provincia y dejó una frase pequeña después de una conversación enorme: “Se está cansando de la guerra. Esa es mi esperanza”.
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