
¿Y DE LAS IGLESIAS QUÉ?
Crónica 1420 de Gardeazábal
Ha cambiado tanto, y de qué manera, el comportamiento y, por ende, la estructuración de los colombianos, que la noticia y las consecuencias de la caída parcial o total de no menos de 70 iglesias en Caldas, Risaralda y Valle apenas si anda perdida en el polvero que dejaron los derrumbes.

Para 1921, cuando se presentó otro terremoto casi que en el mismo cuadrante geográfico, los titulares del periódico Relator, diario liberal que publicaba en Cali el señor Zadwasky, acogió en casi todas sus páginas fotografías de las distintas iglesias de Cali que habían sido semidestruidas por el sismo, desde San Francisco a San Nicolás.
Cuando el terremoto de 1979, recuerdo que era yo concejal de Cali y candidato a la Asamblea, y fuimos en comisión a ver los daños en el santuario del Ecce Homo de Ricaurte y en las iglesias de la cabecera municipal de Toro y del corregimiento de San Pacho.
Con el sismo del 10 de agosto, el balance eclesiástico es atronador y hace pensar mucho, no en la magnitud vivida, sino en las razones que pueden haber precipitado que en las diócesis de Cali, Buga, Cartago, Pereira y Manizales se hayan presentado un poco más de seis docenas de iglesias afectadas, y ya algunas de ellas, como la de Vijes, han sido derruidas.
La misma suerte van a correr las iglesias de Calima Darién, Andalucía, Bugalagrande y tres templos de Cartago, encabezados por el de San Francisco.
Ya en los pueblos no mandan los curas. Ya el epicentro de la vida parroquial no está en las iglesias. Pero, sobre todo, la escala de valores humanos ha sido modificada casi que totalmente.
La comunidad se apareció solidaria a dar la mano con mercados y utensilios a todas las víctimas. Las donaciones han sido milmillonarias para los focos intervenidos. Para las iglesias no se recogen ni limosnas y, como ya las campanas no volvieron a tañir, la fe de los cristianos alcanza apenas para ayudar al prójimo, no para las iglesias de Dios.
LA GUERRA TOTAL
Crónica 1424 de Gardeazábal
Colombia es un país de contrastes que hay que saber entender para no llevarse sorpresas ni, mucho menos, atrincherarse en verdades que han resultado tan débiles o duraderas como las mentiras.
Muy pocos dudan, luego de los cuatro años de Petro, que la fórmula de la Paz Total resultó un fracaso. Por esa misma razón, en un país cansado de guerra, solo una minoría critica el desmonte del esquema de Petro y la declaratoria de guerra total de Abelardo.
No es ninguna contradicción. Nuestra historia está plagada de guerras, armisticios y tratados de paz, desde los días de los Comuneros hasta La Habana. En esta última llevamos 60 años de guerrillas, narcos, paras y traquetos. Se han ensayado todos los métodos para dizque poner fin al enfrentamiento y casi que matemáticamente volvemos al punto donde habíamos empezado.
Los pactos de paz han tranquilizado a las élites, pero el Estado y quienes lo han administrado resultaron tan inferiores como quienes hicieron la guerra y nunca la ganaron. Tendidos han quedado en los cementerios los líderes de uno y otro bando. Algunos, convertidos en héroes por haber sido sacrificados luego de firmar la paz. Otros, condenados por los medios de comunicación de esas mismas élites o por la sanción popular, que no tiene miramientos.
Llegamos hoy a un sitio donde hemos llegado otras veces. Al sitio, tan colombiano, en donde la esperanza de futuro está en volver a empezar la guerra. Lógicamente, no se nos ofrecerá un análisis de en cuántos puntos del calvario que hemos recorrido se equivocaron quienes hicieron la guerra o negociaron la paz.
Pero, si criticamos tanto el fallido espectáculo de la Paz Total, también deberíamos poner sobre la mesa de autopsias el Acuerdo de La Habana, a ver si alguna vez aprendemos. Y, si lo permitieran, hasta ingeniarnos una solución intermedia, amnistía de por medio.
Mientras tanto, todos, en la ciudad y en el campo, sufriremos la Guerra Total. Parece inevitable.
LOS BUQUES CÁRCELES
Crónica 1425 de Gardeazábal
La idea de convertir alguno de los buques de la Armada en cárceles flotantes no es original de nuestro presidente porque, como él sí ha leído desde muy joven para su exitosa carrera de abogado —no como Fico, el alcalde
de Medellín—, debe haberse deleitado en más de una de esas obras literarias o en los libros de reportajes sobre la utilización de buques como cárceles.
Yo no me puedo olvidar de una novelita de Dickens que leí en mi juventud, con el chico Pip, que se había fugado de una de las 40 naves-prisión que los ingleses tenían fondeadas en el Támesis por aquellos años que el gran escritor describía. Tampoco de los relatos escabrosos de los chilenos sobrevivientes de Pinochet, metidos en el buque Lebu, el navío escuela de la Armada de ese país.
Debo haber leído más porque es un tema universal en literatura y hasta en la moderna ciencia ficción lo encontré hace unos días (Incarceron, creo que se llamaba) y, por supuesto, el que Abelardo lo proponga hace parte de su ética y del pragmatismo que parece identificarle.
Lo que sucede es que convertir un ARC de esos en cárceles resulta muy costoso y engorroso. Sería mejor alquilar barato uno de aquellos cruceros viejos, que tienen camarotes y más funcionalidad.
Y eso sí, debe estar muy bien custodiado porque, si allá meten a más de uno de los que sacaron a la brava de la cárcel de Itagüí, con lo atrevidos e ingeniosos que son, resultan capaces de contratar en Israel o en Hong Kong un comando capacitado para sacarlos del buque cárcel y hasta venden por adelantado los derechos de video para financiar la operación.
Por supuesto, lo de los derechos humanos y las normas de respeto por los presos no cuentan porque, con el modelo horroroso de Guantánamo que nos dan los gringos, hasta el ministro Cancino encuentra salidas legales para justificar las nuevas prisiones del régimen.
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