Francisco el hombre

Francisco el hombre / Por: Víctor Paz Otero.
Como millones de seres humanos, que habitamos este planeta azul con tempestades, estamos en estos días, lamentando con dolor y con tristeza la muerte de Francisco, el hombre que fue el papa y el pastor generoso que llego para hacer profundas transformaciones en una iglesia milenaria que muchas veces parece haberse apartado de los principios fundamentales y fundacionales consignados en los evangelios de Cristo.
Francisco encarnó las iluminantes y casi siempre ultrajadas y marginadas fuerzas espirituales que dignifican el verdadero espíritu humano. Mucho más que un católico, o que un líder de una sola religión, en su corazón y en su extraordinaria y carismática personalidad acogió y comprendió, con bondad e inteligencia, las muchas angustias que pesan y atormentan el alma, el espíritu y la vida del hombre contemporáneo. De ese humano, que hoy más que nunca, parece extraviado y confundido con los alienantes procesos que caracterizan la tecnocrática sociedad planetaria. Una sociedad que, de manera evidente, despiadada y avasallante, viene aniquilando las dimensiones espirituales de la vida.
Oscura e inquietante ha sido la época de su pontificado, pues el mundo de hoy, parece haber aceptado la muerte de Dios como referente de trascendencia para darle sentido a su existencia terrena y ha orientado el núcleo de sus preocupaciones en torno a ídolos falsos y hacia fetiches transitorios que no colman para nada el núcleo de sus expectativas espirituales. El hombre ya no es la medida de todas las cosas, como alguna vez se pretendió que así fuera. Tal vez ya no es la medida de nada y quizá cada vez sea menos la preocupación de las de las estructuras y las entidades abstractas que prevalecen en el mundo e impulsan la historia y la civilización hacia horizontes impredecibles y desconocidos. El poder, el dinero, el mercado, la ciencia y la técnica son esas fuerzas avasallantes y desmesuradas que modelan , orientan y manipulan los fundamentales contenidos de la vida y la experiencia humana y frente a ellas nada significan los hombres, los hombres de carne y hueso que en pasado pretendió rescatar, tanto el cristianismo como el existencialismo filosófico, pero en nuestro mundo actual esos seres han acabado cosificados y convertidos en microelementos de un engranaje sin alma, donde solo cuentan si tienen algún miserable significado como consumidores o como minúsculas piezas del sistema productivo o de los sistemas políticos que controlan todo lo esencial de la conducta humana.
Por lo anterior y por muchas otras cosas es que, en este momento trágico y triste en el acontecer del mundo, la vida y la muerte del papa Francisco adquiere esa significación tan honda, para la sensibilidad y las emociones de muchos y diversos seres. Sin duda fue un hombre extraordinario, él más que la propia iglesia, se convirtió en un foco de esperanza para los desesperanzados de la tierra. Apoyado y enamorado de la sabiduría sencilla del cristo evangélico, mucho más que la ficción teológica y artificial del Dios de los escolásticos, predicó la solidaridad y la fraternidad verdadera y efectiva entre todos los hombres y todas las naciones del mundo.
Sus referentes en su misión pastoral fueron ese cristo que se expresa sin equívocos y sin falsificaciones en los evangelios y aquel personaje amable, alegre y sencillo que conocemos como Francisco de Asís, santo animalista y ecólogo. La iglesia que pretendió reorientar y redefinir la quiso una iglesia amiga y comprensiva de los seres abandonados y despreciados por los poderes arrogantes de la codicia y de la riqueza. Siempre levantó su voz contra el negocio asesino de las guerras; predicó e impuso la inclusión de muchas minorías excluidas y estigmatizadas en algunos rituales de su iglesia. Nunca fue complaciente con la falsa moralidad y enfrentó con valor los seculares escándalos, los escabrosos escándalos, de la pederastia practicada por siglos por muchos clérigos y sacerdotes.
Ser humano ejemplar en muchos sentidos; seguramente mensajero de un Dios que solamente puede ser existente y verdadero si abraza y defiende las causas de la vida y del amor y se abomina de los poderes de la codicia del poder y de la muerte.
La ausencia de Francisco, el papa bueno y sabio, profundiza el vacío espiritual en la conciencia de nuestra turbulenta sociedad planetaria. Una sociedad donde muy seguramente y en breve tiempo, los nuevos dioses que vendrán a reglamentar el mundo los engendrara la llama inteligencia artificial.



