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Domingo, 11 de octubre de 2026
sábado 3 agosto, 2013 a las 6:41 pm

¿Existe el nosotros, o ellos y nosotros?

Jorge Muñoz Fernandez
Jorge Muñoz Fernandez
Mateo Malahora
[email protected]

Durante las últimas décadas, en nuestro país, el problema de la justicia se limitó, fundamentalmente, al debate sobre la disciplina del Derecho.

La justicia, en sentido integral, no ha sido abordada como igualdad social, ni solución de los viejos conflictos y los que van apareciendo en desarrollo de los nuevos tiempos.

Connotados juristas tienen una visión guardiana de los problemas sociales, pues no conciben abordarlos desde una óptima que acredite su conflictividad histórica, tan infructuosa como la visión de quienes viven atrapados por miradas dialécticas, elaboradas con recetarios de fórmulas vacías.

Justicia no es, ni ha sido en nuestro país para la clase dirigente un “deber ser” que trascienda la normatividad jurídica, y ni siquiera una esperanza para los irredentos.

En ese horizonte el concepto de justicia no lo encontramos mezclado con prácticas sociales, salvo cuando irrumpen los paros cívicos y las movilizaciones, que obligan al Estado a repasar transitoriamente su papel transformador de la sociedad, dejando en claro, cuando asume esa posición, que existen líneas infranqueables entre “ellos” y el “nosotros” en la misma nación.

Toneladas de papel y apreciaciones mediáticas afloran antes, durante y después de las vías de hecho a las que acuden los protestantes, lesionando severamente, en muchos casos, los derechos de los no participantes.

¿Acaso existen, nos preguntamos, justicia por encima de los conflictos? Los más conservadores aducen que hacer justicia no debe significar el quiebre del orden social vigente y que, además, vivimos en una sociedad armónica, donde lo único nefasto es la violencia política homicida, sin reparar que el hambre y la desigualdad social constituyen iniquidades que desvelan modelos políticos arbitrarios.

Sobrada razón la de una estudiante de derecho que en un corto diálogo me dijo: “…si la justicia social depende de la voluntad del Príncipe, y no es fruto que nazca en un ambiente sano y democrático, estamos todavía como en la época en que el rey era el único depositario de la soberanía, legitimada por poderes teocráticos incuestionables”.

Y, pese al buen fútbol, que al margen de la recreación también cumple una misión alienante, la crisis es evidente, crisis en que la democracia se agota y saltan a las vista de los más ciegos agudos conflictos de intereses, esencialmente económicos, que en el marco de la comunicación global los gobernados comparan con otras latitudes, donde la educación, en todos sus niveles y la salud son completamente gratuitas, aún en países capitalistas, mientras que en el suyo, donde se proclama el Estado social y democrático de derecho, los principios de la dignidad humana, el trabajo, la solidaridad y la prevalencia del interés general sobre el particular, son apenas una fábula de mal gusto.

Y si la política desde el poder se torna en inmensa maquinaria de marginamiento de “los otros”, la sociedad es leída, incluso por los no letrados, como un modelo donde operan dispositivos de exclusión.

Quizá sea una opción abrevar en la social democracia, rescatando la ética del diálogo y la metodología del encuentro para mandar obedeciendo a los dictados de la democracia.

Gobernar verticalmente conduce a censurables aislamientos, mientras las bases, que fraguaron el poder, sienten que se quedaron a la intemperie, burladas, en territorios divididos, a la otra orilla del desarrollo, sin poder conectarse con los gobernantes, como si desde arriba se hubiesen dinamitado los puentes de la participación horizontal invocados en tiempos de alegres elecciones.

¿Dónde está el Estado mínimo, por ejemplo en el Cauca, cuyo ente territorial se encuentra en la Unidad de Departamentos en Cuidados Intensivos, sacrificado por el conflicto armado y víctima de un modelo societal fundado en relaciones económicas injustas donde el tema de la igualdad no tiene una meta de primer orden?

Si la equidad no funciona como un principio ético vinculado a la justicia el reconocimiento de la dignidad humana no existe, es apenas un mito político y funciona como una trampa colocada en los sueños de quienes han sido separados arbitrariamente del progreso.

Las desigualdades, la incertidumbre social, la intolerancia y las brechas causadas por injusticias acumulas durante largos tiempos son reveladoras de como también las incalculables riquezas producidas en las regiones pobres no han servido para avanzar en la paz social y el desarrollo humano.

Sobra decir que el mercado sin control alguno no es agente equitativo y distribuidor de oportunidades, y, mayor riqueza trasnacional, no significa igualdad de posibilidades de empleo, bienestar social, ni mucho menos ingresos dignos en Colombia.

Que “ellos”, los gobernantes, acepten que es ineludible colocar en primer plano los temas asociados con la equidad social y el pleno ejercicio de los derechos sociales, económicos y culturales, es una obligación ineludible, sin lo cual no existe autoridad para hablarle al país en nombre del “nosotros”.

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