ESTILO TRUMP DE GOBERNAR



Quién lo fuera pensar… Los pueblos cambiaron a ciudades y el mundo se volvió global. La parroquia se convirtió en comuna, en comunidad. La autoridad tenía sus figuras emblemáticas: alcalde, el cura, el maestro de escuela y el policía. Hoy ese panorama nos parece de juguete. Era casi un elemento de novelas rosa.
Los pueblitos con grandes haciendas de recreo en sus afueras estaban decorados como casitas pequeñas casi uniformes. En sus vías de acceso se veían las tapias de barro y deambulaban fácilmente en libertad burros, caballos, vacas. El pueblo era autosuficiente y todo lo conseguía uno en la tienda de la esquina. Hoy en día los pueblos, por fuerza de la nueva civilización, se debieron volver productores y se vieron compelidos a abastecerse de lo que ofrece el mercado nacional e internacional. Surgieron las urbes, las ciudades cosmopolitas que atrajeron inversionistas, almacenes de cadena, se llenaron de vías anchas con alto tráfico y smog.
Así también las naciones. Las grandes distancias eran abismales. Nos separaba el ancho mar. Los cinco continentes solo se veían en el mapa. Era impensable conocerlos y recorrer su geografía. Oía alguien hablar de Truman, de Eden, de Chiang Kai-Shek y solo nombrarlos era algo extraño. No formaban parte de la propia historia. Eran personajes de un más allá.
Parecería que Donald Trump hubiera permanecido en esas épocas de puertas cerradas. El Coloso del Norte quiere volver a ser un conjunto sellado y parroquial. Estados Unidos para ellos solos. Como si desconocieran a sus vecinos y a las demás naciones, especialmente a los latinos. Como si el mundo, a partir de la fecha del comienzo de su mandato, hubiera entrado en un vórtice repentino. Que decidiera convertir sus miras en lo que la antropología llama etnocentrismo, desconociendo la realidad de la globalización y sus resortes.
Cada firma de sus decretos o bulas papales son ofensivas ante el mundo. Son discriminatorias y llevan fobia y veneno dentro. Es un empresario que solamente piensa en sus productos y el entorno de su fábrica. Se olvida de sus vecinos, quiere cerrar sus fronteras como ponerse orejeras para no ver lo que hay más allá de su figura endiosada.
Cada alcalde manda en su día, dice el dicho popular. Trump se olvida de la tradición de libertad, democracia de los EE. UU. y desea practicar títulos antiguos como los sátrapas, o peor aún, los dictadores. La estatua en medio del Hudson River está de sobra. Ya no reina la política del buen vecino y la convivencia con el mundo. Volvió la segregación racial y se amplió su radio de acción a naciones enteras.
El estilo Trump, como empresario, como potentado, con la Fortuna como emblema y el fuste como espada empieza a desplegarse. Es rico y lo ostenta, tuvo el voto ganador de la mayoría necesaria y lo quiere disfrutar personal y colectivamente. Le hace saber al mundo que su pasado de empuje, fuerza y búsqueda del confort es su estilo, pese a quien le pese, así sean naciones enteras. Nada podrá contra el imperio Trump, parece decir. Es la nación más poderosa y él la tiene en sus manos.
27-01-17 8:28 a.m.



