

No … no es más peligrosa una caricatura que un llamado explícito a causar daño.
Lo verdaderamente peligroso —y lo realmente grave— es normalizar la violencia, sobre todo cuando viene envuelta en poder, micrófonos y seguidores obedientes.
Una caricatura puede incomodar, molestar, incluso ofender.
Pero una orden a “hacerla llorar” dirigida contra una activista es una incitación directa al daño, al hostigamiento, a la agresión simbólica o física.
Colombia reaccionó de diferentes formas:
Primero, se escandalizan por el dibujo.
Segundo: guardaron silencio cómplice por la amenaza.
Ninguna de las dos formas se justifica.
Eso no es opinión.
Eso es violencia.
Y ahí aparece la hipocresía colombiana.
Se escandalizan selectivamente.
Defienden la “dignidad” de los poderosos,
pero abandonan a quien queda expuesta, sola, convertida en blanco de una orden: “háganla llorar”
Ese silencio no es neutral.
Es complicidad.
Porque en este país:
la sátira hacia arriba se condena,
la violencia hacia abajo se relativiza,
el grito del débil se ignora.
¿Acaso pedir que en una región, se dividan sus habitantes entre indígenas y blancos, o que a los indígenas se les quite el agua y la comida para acallar sus protestas, propuestas hechas por Paloma Valencia, no es un pensamiento discriminatorio y ofensivo? Nadie protestó.
El abuso se maquilla de “libertad de expresión” cuando conviene.
No es la caricatura lo que les duele.
Lo que les duele es que hayan tocado a una de ellos, los de las élites.
Ellos si pueden hacer lo que no quieren que les hagan.
¿Existe una Colombia hipócrita?
Sí.
Y además, peligrosamente selectiva con su indignación.
La orden de infligir dolor hasta “hacerla llorar” a la activista que se atrevió a hacerle una pregunta a la señora Valencia es infinitamente más peligrosa que cualquier dibujo, sin validar lo que hizo el caricaturista.
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