Entre la política y la ética


Se ha discutido demasiado desde la Filosofía si existe o no relación entre la política y la ética; de si se puede o no ser político y a la vez ético. El filósofo y matemático inglés, Bertrand Russell afirma que ‘la política es la producción de los efectos buscados’. Tesis que nos posibilita pensar que lo ético de la política depende de los tipos de efectos que persiguen los políticos. Si tales efectos sólo están encaminados al favorecimiento de intereses privados, el ejercicio de la polìtica pierde todo connotación ética. Si por el contrario, la polìtica se ejerce como un ‘servicio público’, sin duda, política y ética se corresponden mutuamente.
Muchos pensarán que el requerimiento ético no sólo es cuestión de políticos sino también de todos los oficios y profesiones. Esto es muy cierto. El médico, el ingeniero, el mecánico, el maestro, etc. son éticos en cuanto presten un adecuado y responsable servicio a la comunidad. Por su parte, el poder político cobra mayor relevancia en la medida en que los que detentan el poder hacen depender de ellos todas las expectativas del conglomerado social. En otras palabras, quienes gobiernan tienen la difícil responsabilidad de que todo lo que está inmerso en el seno de la sociedad marche bien para garantizar la seguridad y tranquilidad a los asociados.
Vivimos una época de grandes transformaciones, de rupturas y de buenos y malos paradigmas, de esperanzas y frustraciones. La gente quiere encontrar un Estado más vivo, menos ausente y unos políticos más comprometidos y llenos de sensibilidad social.
En la realidad política cotidiana, se nota mucha desconfianza en el Estado en lo que le corresponde ser garante de bienestar material y espiritual de los gobernados. El mundo postmoderno está impregnado de escepticismo y de desolación al constatar que nada de lo moderno es una realidad, comenzando por la democracia.
En los procesos electorales se refleja una marcada apatía de las personas por los políticos. Muchas pueden ser las razones, pero la verdad es que a los políticos les ha quedado grande velar por la felicidad de las personas. Concebir la polìtica como servicio público, puede ser una salida al desencanto y frustración, ello podría enaltecer tanto la polìtica como la misma sociedad.
El concepto de voluntad general de Rousseau permite entender lo que significa la defensa de lo público. Estima que la voluntad general siempre es recta, indestructible, inalterable y pura; o sea, es lo que más se asemeja al bien común y a la felicidad de las personas.
Para Hegel, las instituciones sociales y políticas que no son garantes de la libertad de los individuos son como cáscaras vacías, la libertad del individuo sólo se logra en la participación comunitaria. De ahì que “lo que el hombre tiene que hacer, cuáles son las obligaciones con las que tiene que cumplir para ser virtuoso, es fácil de decir en una comunidad social ética: no tiene nada más que hacer que lo que le es conocido, expresado y señalado en las relaciones reales de esa comunidad”. En otro texto Hegel emite una sentencia que cala muy bien a nuestros legisladores y gobernantes: “Un pitagórico dio la siguiente respuesta a un padre que le preguntaba acerca de la mejor manera de educar éticamente a su hijo: hazle ciudadano de un Estado de leyes buenas”. Dice Montesquieu que las leyes se hicieron para hacer iguales a los hombres. La universalidad de ley impide los privilegios de los que disfrutan unos pocos en perjuicio de muchos.
La política, por lo tanto, no puede considerarse como una actividad ajena a la ética. El éxito de la polìtica no debe mediarse por la cantidad o capacidad de poder, si no en las realizaciones que se consiguen al servicio de la sociedad. Es aquí donde se puede constatar si un gobierno es o ha sido bueno o malo. El prestigio o la ruina del político, su legalidad y su legitimidad siempre estarán en juego. Por eso es menester que quienes asuman la inmensa responsabilidad de gobernar, sepan de antemano que no podrán apartar la ética de la política o viceversa.
Uno de los flagelos que ha caracterizado la praxis de la política en nuestro país ha sido la corrupción y así no se puede ejercer ni garantizar un buen gobierno. El buen gobierno sólo es posible en la medida en que lo público no pase a favorecer los intereses de unos pocos y cuando todas sus acciones se mantengan expuestas a la opinión pública. Habrá excepciones que no permitan que absolutamente todo sea publicitado, desde luego; como por ejemplo, cuando se asumen medidas de seguridad nacional.
Los gobiernos visibles por lo general están revestidos de una adecuada connotación ética. Política y ética se encaminan hacia la misma finalidad: la felicidad.



