“Encuentros a la sombra de la plaza”
HORACIO DORADO G.
Concurrí al tercer encuentro cultural, a los que nos tiene gratamente acostumbrados, su gestor, el gobernador del Cauca. Programas inter-generacionales, apropiados para el intercambio determinado y continuado de recuerdos y aprendizaje entre generaciones más viejas y más jóvenes. En esta ocasión, avivó en mi alma la nostalgia para llorar hechos del siglo XX. Obedeciendo al corazón y quitando la rabia, no se me olvidan cosas que en la vida del viejo Popayán no pueden olvidarse. ¡Lo pasado, pasado, y lo mal hecho, perdonado! Evocamos edificaciones entrañables que bien podrían ser hoy Patrimonio Cultural: La estación del Ferrocarril y la plaza de mercado, escuetamente llamada galería, donde el pueblo soltaba palabrotas. Si el objetivo del grupo de investigación era mover las fibras más íntimas, pues lo logró, y con creces. “Los historiadores son personas que se interesan por el futuro cuando éste ya es pasado”: Graham Greene.
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Ahora mi pecado es un sentimiento de añoranza, un salto al pasado de la ciudad que se nos fue. El documental de Javier Betancourt, Hernando Flórez y Mauricio Muñoz, recordó tradiciones, entre ellas, la galería, rodeada de construcciones históricas, que quedaba a una cuadra del parque de Caldas. Ese espacio urbano, público y al descubierto; sitio de encuentro, lugar de compra y venta de productos agrícolas, con sentido social y regulador de precios. Edificado en cuatro pabellones (patios) a cielo abierto que mi memoria fotográfica registra uno por uno. El de las frutas y hortalizas distribuidas por puestos de venta, ajustado a las preferencias de los compradores influenciados por el color y el olor; además del sabor, otros factores como la madurez, el precio o el formato cómodo para adquirir y fácil consumo en el mismo lugar. El segundo patio, el de las papas, yucas, arracachas, plátanos y cebollas que vendían los indios de Silvia. Un tercero, bienoliente a panela blanca, negra o melcochosa; panelas de guayaba, alfandoques, roscones, bajo el revoleteo de inofensivas avispas y abejas. El patio de los matarifes o carniceros, que bruñendo portentosos cuchillos uno con otro, anunciaban carnes de primera tendidas de agudos ganchos, y menudencias, huesos y velas de cebo al alcance de la sociedad más pobre. También, las sabrosuras de mesa larga, comedor del populacho de buen comer. Cuatro portalones donde se ubicaban las gitanas vendedoras de ilusiones, el cajón con el periquillo, y braceros como “sócalo” con un lazo terciado, cual si fuera banda presidencial. En locales exteriores, ofrecían “Discos Odeón” don Alfonso Moreno y Claudio Plaza; la cooperativa de artesanos dirigida por Arturo Lora y el bar “El Cafetal” de Agustín Sarria. Rememoré la calle del comercio, o de los turcos: José Menajed, Salomón y David Mizrachi, Aarón Dayán, David Donskoy, León Mugrabi, Jacobo Benzur, Samy Jalil, vendedores de telas importadas y zarazas. Recorrí imaginariamente esa ruta histórica de la galería, llena de mística y tradición, con damas que vivían en casonas aledañas a la Catedral, yendo con sus criadas e hijas inclusive, para ver que traían los indígenas y campesinos.
Civilidad: Las galerías, emblemas del patrimonio histórico y cultural.
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