¿En dónde queda el Paraíso Terrenal? -I-

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
“El sitio escogido por Emigdio en el río era el más adecuado para disfrutar del baño
que las aguas del Amaime ofrecen en el verano, especialmente a la hora en que llegamos a su orilla.
Guabos churimos, sobre cuyas flores revoloteaban millares de esmeraldas, nos ofrecían densa sombra y acolchonada hojarasca donde extendimos las ruanas. En el fondo del profundo remanso que estaba a nuestros pies, se veían hasta los más pequeños guijarros y jugueteaban sardinas plateadas. Abajo, sobre las piedras que no cubrían las corrientes, garzones azules y garcitas blancas pescaban espiando o se peinaban el plumaje. En la playa de enfrente rumiaban acostadas hermosas vacas; guacamayas escondidas en los follajes de los cachimbos charlaban a media voz; y tendida en las ramas altas dormía una partida de monos en perezoso abandono. Las chicharras hacían resonar por dondequiera sus cantos monótonos. Una que otra ardilla curiosa asomaba por entre el cañaveral y desaparecía velozmente. Hacia el interior de la selva oímos de rato en rato el trino melancólico de las chilacoas”.
Jorge Isaacs. En María. Fragmento del Capítulo XIX.*
El paraíso, ese lugar de ríos, lagos, flores, sinfonía de vientos y cantos de aves, árboles sabios con manzanas y serpientes seductoras no quedaba en un oasis del Sahara, ni junto a Haifa, ni en un país donde las mujeres tienen ojos grandes con ojeras. La escena que dibujó en la imaginación el escritor del tercer capítulo del Génesis tiene demasiadas líneas con cabos sueltos y no permiten, por ello, ubicar con exactitud tal sitio en el mapa.
Es tan fácil describir literariamente un espacio, unos personajes, unos diálogos. García Márquez pudo algún día haber escrito ese tercer capítulo con la misma belleza y sugerente idea. Tal vez sin el castigo de la espada al final sino algo más poético. Eso es demasiado alejado de un amo tan bondadoso y sabio como siempre se pinta a un dios occidental. Macondo bien podría ser un lugar propicio para semejar un paraíso puesto que sucedían hechos tan maravillosos y mágicos como los que narra nuestro Nóbel.
La suma de detalles que narra el escritor anónimo guarda, sí, una tal coherencia literaria que la hace creíble hasta cierto punto. Todo ocurre después de los siete días cuando fueron puestas en su sitio todas las criaturas sobre tierra, cielo y mares. El paraíso que se describe puede estar en cualquier parte o ser simplemente un símbolo premonitorio de lo que podría ocurrir en un ambiente determinado de dichas humanas que se rompe.
Los psicólogos y los prestidigitadores pueden preparar a los espectadores o pacientes una situación placentera y mostrar cómo se podría destruir de un soplo o con el sonido que produce una palmada casi imperceptible. Todo depende del efecto que quiera producir en el estado de ánimo de sus clientes.
La literatura en las novelas, como lo hizo el argentino Emilio Salgari en Sandokán, el tigre de la Malasia o Jorge Isaacs en el jardín del encuentro de María con su Efraín tienen la magia de ubicarnos emocionalmente en la escena. Son tan vívidas las experiencias, la presencia del sol, los acercamientos, la mano que se toma, el pulso del corazón, o son tan feroces los asaltos de los malayos y la astucia de Sandokán y sus hombres que parece sucedieran en presencia del lector. Isaacs logró que los japoneses lectores de su obra recrearan en su imaginación el paisaje y alistaran su equipaje, cruzaran mares y llegaran hasta la Hacienda El Paraíso en Cerrito, Valle del Cauca, a disfrutar las delicias mostradas en el libro.
El paraíso terrenal, así llamado, lo comprende un poeta, un novelista, un psicólogo y lo creen quienes leen sin juzgarlo, un recurso literario bello y a la vez, con un final terrible. Y así lo han pintado luego autores para hacerlo más plástico y palpable a los ojos.
Desde pequeños nos queda, casi indeleble en la memoria, la imagen que el cuadro verbal nos dejó de ese lugar ideal y mítico. Es un registro como un sueño que no se aparta de nuestra imaginación.
Pero, no. Tal paraíso es un ser irreal, solo existió en la mente fabulosa del escritor del capítulo bíblico. Su halo nos ha impregnado de erotismo, de belleza igual a la muy real y física de El Quimbo, en el Huila, antes de que llegaran las crueles máquinas de los amos extranjeros de Emgesa a desplazar animales, río y Adanes y Evas con su represa.




