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Sábado, 10 de octubre de 2026
martes 20 marzo, 2012 a las 8:31 pm

En Colombia nunca se logrará la paz, mientras la guerra siga siendo un negocio.

Por: Luís Barrera

La más reciente masacre de 11 militares en el Arauca, lejos de ser “un aleve atentado por un error táctico-estratégico” según el propio presidente Santos, nos sigue demostrando cómo este conflicto armado horroriza a la sociedad civilizada.

La guerra es la máxima expresión del terror. Por eso combatir el terrorismo mediante actos de guerra es, sencillamente, echarle gasolina al fuego.

Lo espeluznante es que haya naciones que se suponen modernas y cultas, y países en vía de desarrollo como el nuestro, con gobernantes que esgrimen el terror como política de Estado.

En otras naciones lamentablemente el extremismo religioso o ideológico controla algunos gobiernos integrados por fanáticos dispuestos a morir, y a causar la muerte de millones, con tal de imponer (o supuestamente defender) sus creencias dogmáticas.

Pero el caso colombiano, con un conflicto interno en crecimiento de mas de medio siglo, nos debe invitar a reflexionar si no es más barato desmovilizar 15 mil hombres armados en el monte que hoy desesperada y estratégicamente buscan los centros urbanos para sobrevivir, que sostener unas fuerzas armadas con casi 500 mil unidades.

La guerra interna entre hermanos colombianos sólo comprueba una cosa: que los seres humanos seguimos siendo unos inhumanos. En este conflicto bélico siempre se perderá más de lo que se ganará. Matarse entre colombianos por defender una ideología no es defender una ideología, es matar a unos compatriotas.

Lo que muchos no se atreven a decir, que la guerra aquí en Colombia como en cualquier otra parte del mundo es el negocio más rentable para quienes viven de ella y que nuestro Estado gastará cera de 20 billones de pesos este año para poderle garantizar la seguridad en los campos y ciudades a los colombianos, pero la sensación que se percibe es de plena inseguridad.

Los colombianos tarde o temprano tenemos que establecer un final para la guerra, si no, el conflicto establecerá un final para nuestra sociedad. Los enfrentamientos y combates, asaltos y emboscadas solo traen muertes. Nadie gana. Porque esto no se trata de un partido de fútbol.

Hay que volver hablar de paz, a dialogar y llegar a consensos y acuerdos porque la paz más injusta es mejor a la guerra más justa. En este conflicto no hay ni buenos ni malos, el propio enemigo en sí es la propia guerra.

Los costos humanitarios, políticos, materiales y económicos, sociales, ecológicos y ambientales como culturales son incalculables por cuenta de la guerra en Colombia.

A todo ello se suman los costos espirituales que hoy se viven en algunas poblaciones del Cauca, como lo son los cambios de valores, la pérdida del sentido de la vida, sentimientos de inanidad, desconfianza de todos y en todas partes, desesperación por una guerra que no les permite vivir; sentimientos de venganza, odio contra la sociedad, luto en el alma por los seres queridos perdidos.

Peso emocional y espiritual por una catástrofe para la cual no se hubiera querido venir al mundo.

Hay costos cuantificables, hay otros costos que no son fácilmente medibles en los actuales momentos, pero las futuras generaciones y otras naciones recordarán, con justificado reproche en el futuro, lo que pagamos los colombianos por no haber sido capaces de construir una sociedad más justa, tolerante y creativa.

Si la guerra sigue, será un nuevo y gigantesco error nacional. Ninguna compensación puede aceptarse como válida frente a los destrozos de todo orden producidos por la guerra. Porque al fin y al cabo, la única guerra que se gana es la que no se empieza.

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