
Aunque ni los medios ni las redes le dan mucha cabida, la actividad sísmica en Chaparral ha continuado de manera constante todo el mes de octubre. Se han registrado, desde que comenzó la temblequeadera en septiembre, no menos de 1.100 temblores en el rango entre 2.0 y 3.5 de magnitud. En el listado del Servicio Geológico, en sismos sentidos, se puede comprobar el dato.
De la misma manera, porque seguramente dejó de ser noticia, nadie volvió a preocuparse por lo que pueden estar sintiendo los habitantes de ese municipio tolimense con la berraca tembladera, y no hay cronistas ni de Bogotá ni de Ibagué ni de ninguna parte que le hagan el seguimiento a los habitantes del cañón de Las Hermosas, por donde baja el rio Amoyá, que ha sido en su mayoría el epicentro de lo que hasta hace unos días llamaban los geólogos dizque enjambre sísmico.
Menos que los sabios del Geológico nos han podido decir cual es la causa para eso esté sucediendo.
Los que si me han dado testimonio sobre sus efectos son algunos viejos amigos del sector entre La Virginia y san José de las Hermosas, con quienes volví a verme ayer en un funeral después de muchos años y a los que había conocido cuando hicimos el recorrido por ese estruendoso territorio que une al corregimiento tulueño de Barragán con la tierra tolimense, estando yo de alcalde y Maclovio Alvira de burgomaestre en Chaparral.
Según ellos, han terminado por acostumbrarse, pero muchos aun duermen en carpas, de miedo a un crecimiento de la intensidad.
Según los datos oficiales hurgados en mi afán, han registrado 232 viviendas averiadas, pero ninguna con daño destructor, aunque todos sienten algo así como un latigazo seco y fuerte.
Nada envidiable el sobrevivir en esas condiciones, y menos sin encontrar explicación de lo que puede estar sucediendo allá abajo, donde hasta ahora nadie ha penetrado y vuelto a salir para contarnos lo que vio.
Crónica 1461 de Gardeazábal https://youtu.be/yXmyVNjIrMg
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