EL YO


Un pequeño grupo de oyentes rodeaba a Jesús en la plaza; algunos lo habían visto realizar prodigios y otros habían oído acerca de él, pero todos dudaban; y entonces, notando en ellos cierta inquietud, él les dijo, como un sol que se abre en palabras: «En verdad, antes de que fuera Juan el Bautista, y antes que Elías o Moisés, Yo era. Yo estoy desde antes de los siglos; pero vosotros sólo veis el exterior, y por eso no me entendéis. Porque Yo soy el Verbo, la Palabra que acompañaba al Padre antes de manifestarse en la creación; y esta Palabra es la Mente que todo lo abarca, el lugar de vuestro propio yo; porque si el pensamiento no dice Yo, ¿dónde existiría el Yo? ¿Y si está ausente el pensamiento, cómo puede haber un yo? ¿Y creéis que hay un yo diferente en cada uno de vosotros? Pues yo os digo que así como el universo es un solo mundo por más que haya infinito número de mundos dentro de él, os digo que el Yo, el alma de todo el universo es una sola, y entonces mi Yo es el vuestro y todos son el mismo Yo. ¿Veis ese árbol en el centro de la plaza? Así como es un sólo cuerpo con muchísimas y diversas partes, su alma es una sola, manifestada en todas y cada una de ellas, y todas y cada una de ellas dice «Yo Soy», lo cual es la existencia, y esta existencia es el nombre de mi Padre manifestado en las cosas y en vosotros. Y os digo, así como la arena del reloj cae siempre hacia abajo, vuestro tiempo como almas siempre fluye hacia abajo en una eternidad; es decir, hacia el mundo de afuera y de las formas, y así no conservaréis vuestra íntima y genuina eternidad; es preciso que miréis hacia adentro, donde el Padre Eterno, que es vuestra propia sustancia, os espera, y entonces dejaréis de ser la oveja perdida, y así crecerá el regocijo dentro de vosotros. Y en verdad, procurad apaciguar la angustia que os tira desde abajo, el infierno o mundo inferior que os atrapa entre las sombras, y entonces recobraréis la plenitud perdida». Pero algunos emprendían burla por sus palabras, y dijeron: «Muéstranos que eres el hijo de Dios y te creeremos»; pero Jesús sintió pena por ellos y les dijo: «No tentaréis a Dios; a vosotros sólo os será dada la señal de Jonás». «Nazareno, es mejor que te pongas en evidencia; tus palabras son oscuras como tus cabellos», respondieron ellos. Y entonces un niño se puso al lado de él, y Jesús le acarició la cabeza, y luego lo cargó y besó. «Os falta la inocencia de este niño para poder entender la llamada de mi Padre».
Siete sones de trompeta dispersaron el encuentro; algunos soldados romanos se acercaban.
RVQ.



