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Lunes, 5 de octubre de 2026

El último adiós de mi madre

EL-ÚLTIMO-ADIÓS-DE-MI-MADRE---Por-Lucy-Amparo-Guzmán

EL ÚLTIMO ADIÓS DE MI MADRE

Por Lucy Amparo Guzmán.

Donde el amor resistió y el sistema colapsó.

Este no es solo un testimonio personal. Es una serie de crónicas nacidas desde el amor profundo, la impotencia y la necesidad urgente de escribir, de hablar e incluso de gritar. Porque la muerte de mi madre, Amparo, no fue únicamente consecuencia del cáncer que enfrentó con valentía durante más de diez años. Fue también —y quizás, sobre todo— el resultado de un sistema de salud que colapsó frente a sus ojos, mientras ella seguía resistiendo con dignidad.

A través de estos relatos, quiero contar lo que vivimos: los avances que alguna vez nos dieron esperanza, el retroceso que trajo abandono, y los días en los que el amor y la fortaleza no bastaban frente a la indiferencia institucional. No escribo solo como hija, sino como ciudadana, como profesional de la salud, como una mujer que ha estado en espacios de liderazgo en el sector salud, sector que ama, mi corazón de hija que no puede callar ante una realidad que se repite silenciosamente en muchos hogares.

Estas crónicas no buscan compasión. Buscan verdad. Buscan memoria. Y, ojalá, también un cambio.

El principio del fin

Los últimos días de vida de mi madre transcurrieron entre la paradoja y la grandeza. Una paradoja dolorosa, porque mientras su cuerpo se apagaba, su fortaleza seguía iluminando a quienes la rodeábamos. Y una grandeza innegable: la de una mujer valiente que resistió con dignidad una lucha de más de diez años contra un cáncer no operable.

Estoy convencida de que si el sistema de salud, que en algún momento logró avanzar hacia una atención integral del cáncer y una verdadera navegación del paciente, no hubiera colapsado ni retrocedido, personas como mi madre habrían tenido no solo más años de vida, sino una vida digna y con calidad.

Fuimos testigos de una etapa en la que la atención mejoró: ya no tenía que rogar por su quimioterapia, una institución la llamaba, le agendaba las citas, y le enviaba los medicamentos a casa. Pero también fuimos víctimas del retroceso. Vimos cómo ese modelo se desmoronó, y con él, la esperanza de cientos de pacientes. Las citas con oncología se convirtieron en una rutina amarga, donde los médicos observaban, impotentes, el deterioro acelerado de su salud. Perdió casi 30 kilos, y, aun así, le recetaban una y otra vez la misma quimioterapia… la que nunca llegaba.

Cada carta radicada terminaba en una respuesta formal: el medicamento no estaba disponible en el país. Algunas veces logramos conseguirlo por vías personales, gracias a amistades en droguerías. Pero siempre fue después de semanas de espera, de tutelas, de visitas a la Supersalud, de promesas incumplidas, y de una creciente impotencia. Mientras tanto, los vómitos, la diarrea, la pérdida de peso y la debilidad la consumían.

Desde noviembre del año pasado, su tratamiento fue intermitente. Esa discontinuidad, sumada al desgaste emocional y físico, aceleró su deterioro. En los últimos seis meses, el cáncer avanzó con una rapidez devastadora.

Fue desgarrador ver cómo una vida que se sostuvo con tanta entereza se fue apagando por causas evitables. Y ver cómo el sistema le arrebataba no solo su vida, sino su espíritu y su calidad de vida… quebraba el alma. Ese sentimiento de impotencia, que muchas veces cubría hasta el amor, dolía más de lo imaginable.

Más allá de lo que seguiré contando, este relato inicial narra la verdadera causa de su muerte.

La muerte de mi madre no fue solo el resultado del cáncer. Fue el reflejo cruel de un sistema de salud que, aunque cuenta con leyes, sentencias y resoluciones que prometen atención integral, continuidad en el tratamiento y acceso efectivo a medicamentos, no cumple con ellas.

El derecho a la salud está consagrado como un derecho fundamental. La Ley Estatutaria 1751 de 2015 exige al Estado garantizarlo con calidad, oportunidad y dignidad. La Sentencia T-760 de 2008 eliminó cualquier duda sobre su exigibilidad inmediata. La Ruta Integral de Atención en Salud para el cáncer (Resolución 3280 de 2018) establece que pacientes como mi madre deben tener diagnóstico temprano, tratamiento continuo, seguimiento y acompañamiento real.

Pero nada de eso funcionó cuando más lo necesitaba. La disponibilidad de medicamentos falló. La continuidad del tratamiento fue interrumpida. La navegación del paciente desapareció. Y las entidades encargadas de vigilar y sancionar no actuaron con la urgencia que ameritaba su condición.

Por eso lo digo con claridad: mi madre no murió únicamente por su enfermedad. Murió porque el sistema que debía protegerla la dejó sola. Porque las normas estaban escritas, pero no se cumplieron.

Y esa, mi a mi pesar, es la verdadera causa de su muerte.

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