El silencio institucional también es cómplice



En Colombia se repite, con inquietante frecuencia, que vivimos en una democracia con garantías para la libertad de expresión. Sin embargo, para quienes ejercemos el periodismo desde las regiones, esa premisa choca con una realidad cruda: amenazas directas, hostigamientos y un abandono institucional que deja a los medios locales a la intemperie.
En los últimos días, Proclama del Pacífico, cuya gestión periodística es una forma de resistencia, denunció ante la Fiscalía amenazas directas contra nuestro equipo periodístico. Entre ellas, mensajes que llaman a “hacernos pedazos” y que buscan silenciar las voces críticas en el Cauca. Ante este contexto, acudimos a la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), la institución llamada a proteger este derecho fundamental. La respuesta fue desalentadora: reducir las amenazas a “comentarios fuertes” y limitar su acción a un simple reporte en redes sociales.
Normalizar las amenazas con el silencio institucional de la FLIP, ratifica la diferencia abismal entre la mirada de quienes trabajan en oficinas en Bogotá y la realidad de quienes informamos en territorios atravesados por la violencia. En el Cauca, no existen «comentarios fuertes»; solo existen contextos de alto riesgo donde una frase cargada de odio puede convertirse en una acción criminal. Lo que para algunos es un incidente menor, para nosotros es una amenaza directa a la vida.
La desconexión de la FLIP con la realidad regional refleja un problema mayor: la centralización de la defensa de la prensa y la incapacidad de dimensionar la vulnerabilidad de periodistas que no trabajan en la Carrera Séptima o en la Plaza de Bolívar, sino en zonas rurales, conflictivas y apartadas. Minimizar las amenazas también es una forma de desproteger.
Este editorial no busca confrontar por confrontar. Busca dejar constancia de que, si las garantías para el ejercicio del periodismo en Colombia no se aplican con perspectiva territorial, la libertad de prensa seguirá siendo un discurso vacío. A la FLIP le corresponde reflexionar sobre su papel: o se convierte en una institución que defiende de manera efectiva a periodistas y medios en todo el país, o seguirá acumulando frustración entre quienes arriesgamos la vida por informar.
Ante la indiferencia, nos vemos obligados a acudir a instancias internacionales para denunciar que, en Colombia, la libertad de prensa actualmente no cuenta con defensores reales eficaces. Cuando el periodismo comunitario es amenazado y las instituciones callan, el silencio también es cómplice.
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