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Martes, 6 de octubre de 2026

El servilismo es la corrupción de la dignidad

Servilismo

El servilismo es la corrupción de la dignidad

Alfonso Luna Geller

La cortesía y el respeto son pilares de la convivencia, obviamente. Pero no deja de sorprender —y fastidiar— la costumbre cada vez más normalizada de referirse en público a los superiores jerárquicos como “nuestro Presidente”, “nuestro Gobernador”, “nuestro Alcalde”.

Una muletilla que, bajo la apariencia de cercanía y afecto institucional, esconde a menudo una suerte de servilismo maquillado de lealtad, además de una relación clientelista, donde la adulación garantiza favores, contratos o permanencia en cargos públicos.

Cuando las instituciones se convierten en altavoces de adulaciones, dejan de comunicar para informar, y comienzan a comunicar para agradar pero con exclusividad. Lo público lo vuelven privado; lo institucional, propaganda.

En consecuencia, lo significativo no será el bien común, sino el halago personalizado, donde el mérito importa menos que la adulación.

Usar el “nuestro” no es solo un gesto incómodo, es un síntoma de mediocridad institucional.

Obviamente, el servilismo no es neutral: es una forma de corrupción que intercambia dignidad por prebendas, y que perpetúa sistemas donde el acceso a oportunidades depende de la capacidad de humillarse.

Me parece que la dignidad del cargo y la salud de las instituciones merecen un lenguaje más sobrio, un reconocimiento basado en los hechos y los resultados, y no en la pegajosa y, a menudo, vacía melodía del «nuestro».

A esta ya de por sí empalagosa sinfonía de la adulación, se suma otro gesto lambón, tan común como sutil. Es inflar títulos y cargos con mayúsculas innecesarias: «nuestro Gobernador», «nuestro Presidente del Concejo», «nuestro Director Regional», «el Doctor fulano de tal»… Este abuso de las mayúsculas no es un error inocente; es un acto de sumisión lingüística que distorsiona las normas para elevar simbólicamente a la figura de poder.

Esta insistencia en la mayúscula innecesaria, un intento burdo de magnificar al superior, evidenciando, quizás, una inseguridad en la propia valía, además es algo incorrecto.

Según la Real Academia Española, los cargos, títulos y rangos se escriben con minúscula inicial, incluso si se refieren a figuras de alto nivel, salvo que formen parte de un nombre propio o denominación oficial.

¿Por qué «gobernador» merece mayúscula, pero no «profesor» o «enfermero»? La respuesta es obvia: refleja una cultura que mistifica el poder y desprecia la igualdad ante el lenguaje. Cada mayúscula ilegítima es un guiño al servilismo, una manera de decir «usted está arriba, yo aquí abajo».

Recordemos: las instituciones son mayúsculas; las personas, no. Decir «el presidente Petro» (correcto) no le quita autoridad; decir «el Presidente Petro» (incorrecto) sí le añade un aura de impunidad gramatical.

Corregir estas mayúsculas no es solo cuestión de ortografía: es desmantelar, letra a letra, la arquitectura invisible de la adulación.

Ser institucional no es ser sumiso. Reconocer el trabajo de un gobernante no implica entregarle reverencias verbales, ni rendirle culto como si el cargo fuera un trono.


La imagen destacada fue tomada de: https://www.youtube.com/watch?v=fp2MqI30aq8

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