EL REVESTIMIENTO DEL CUERPO HUMANO
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La tierra, esa mole semirredonda, cubierta está de humus y de una capa de musgo que la protegen del viento, de las lluvias torrenciales y le hacen propicio mantener la humedad de su vientre y lozanía. Las frutas envuelven su pulpa con un velo, los árboles guardan su madera en la corteza y los animales vienen al mundo de sus madres con piel rugosa y algunas con púas o lana para resistir el clima o los ataques de sus enemigos durante su vida.
El ser humano, un animal dotado de neuronas que ordenan, imaginan y arman artefactos, también vienen al mundo con una piel sedosa y frágil. Cualquier arista de pedernal o saliente de un tronco o golpe de un objeto es capaz de romper el tejido de sus células y se hiere y duele.
Mientras que el animal puede sobrevivir con la piel que le deparó Natura, el ser humano ha debido recubrir su piel para guarecerse del frío y aliviar otros achaques como la enfermedad, la llegada de la edad madura y las exigencias de la moda. Esto lo entendieron Miguel Ángel, Picasso, Velásquez y todos lo hemos vivido.
La piel en las martas, nutrias, serpientes, vacas, visones, zorros y tigres –como la de los rinocerontes o elefantes, cumplen la función de proteger en cada ecosistema de las inclemencias del clima. La piel humana aparece sutil y flexible, fácil de sufrir los rayos del sol, el fuego, el aire, las heladas o por los golpes. Luce tersa en la niñez y la juventud sin esfuerzo ni aditamento alguno. A las mujeres, sean indígenas, negras, blancas, asiáticas, les fue dada una piel que las convierte en el ser con más belleza y que hechiza al hombre.
Adán en el paraíso, delante de una naturaleza exuberante y virgen, no se resistió ante la piel desnuda de quien le ofrecía manzana con su roja piel y la pulpa blanca. La primera mujer llegó a este mundo cubierta su piel de sangre y líquido de placenta, expuesta a los rigores externos inherentes al sitio, la hora, la estación y condiciones familiares y ambientales. En adelante, desde tiempos inmemoriales, el ser humano inventó la saya, el jubón, la falda, el pantalón, la blusa y el bi-kini para que la imaginación volara hecha pedazos en busca de una piel perdida.
No obstante, la piel, la superficie física más sensible a los estímulos que le llegan de las neuronas y de afuera por los sentidos, ha sido relegada a un estadio casi despreciable. La piel se niega y se quiere cambiar, se expone al sol, se llena de tatuajes, se embadurna de resinas, acuarelas y pinturas que la agrietan y resecan.
La mujer ha sido cultora de su cutis y su piel, más que el hombre. Su rostro, la parte más visible del cuerpo, es el punto máximo de sus cuidados. Resalta con maquillaje sus ojos, párpados, cejas y pestañas, adorna sus orejas, cuida el perfil de la nariz, pinta con lápiz los labios, exhibe con orgullo sus dientes y con su cabello quisiera ocultar el mundo. Sabe que sus senos saltan como gacelas y son la delicia de los hombres. Mucho tiempo descuidó su abdomen, pero hoy ha encontrado solución en lipo y fajas. Afeita sus axilas, usa perfumes y cremas hidratantes que unge en lugares que exhalan sus aromas. Se aleja de las grasas porque sabe que se posan en los glúteos.
Sin embargo, son los vestidos, los que ocultan más la piel y cambian el paisaje natural del cuerpo. La mujer recorre almacenes, boutiques, ciudades, a la caza de diseños que se adapten a su estilo y le den un toque de elegancia. Así, la edad no contará mucho y el ojo extraño no verá alguna imperfección o cirugía.
Eva no entendería hoy a Adán que la encontrara con unos años más, desnuda. Ella lo esperaría con la manzana en ligas, sentada en la cama, perfumada, con un mínimo top y una tanga brasilera. Lo demás ya no sería arroparse ni esconder la piel, que es de lo que estamos conversando usted y yo.
11-04-12 – 3:45 p.m.
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