EL RETO DEL PAPEL EN BLANCO
Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
En la ciudad blanca no paraba de llover, y entre tanto, él revisaba una vieja nota crítica sobre una exposición de nuevos y jóvenes artistas y su pretendida intelectualidad que cuestiona lo sagrado y lo profano. Se la pasó al amigo que compartía con él esa tarde de invierno, quien la leyó, y tras un rato, le dijo:
—Es una fiera crítica, sustentada con conocimiento de la materia y de la tradición. Factura crítica impecable; quien lo escribe conoce la tradición del arte y dispone de una pluma solvente. Ese tipo de escritos difícilmente reciben réplicas escritas; quienes podrían hacerlo están desposeídos de la pluma y orden mental.
—Ellos quieren corregir los lenguajes de la tradición, hacer tabla rasa de todo lo anterior, olvidar que hemos venido construyendo poco a poco las cosas. Nadie la respondió, a pesar de ciertas exigencias de la academia comprometida en el asunto.
— Quizá sea mucho pedir que a todo individuo que aspire a trabajar en la institución se le evalúe con un ensayo de unas 15 páginas sobre la disciplina que domine.
—Soy incapaz de escribir un ensayo de 15 páginas sobre cualquier tema; soy incapaz de sobrellevar el peso de la academia; soy incapaz de decirle sí a este mundo con todas sus convenciones y compromisos; soy incapaz de ser un hombre de arrojo, impecable y entregado; soy incapaz de llevar mi arte hasta sus últimas consecuencias… soy incapaz de muchas cosas que no se ven bajo la simple mirada del día —respondió al amigo.
—Tu estilo bebe en las fuentes donde abrevaba Borges. Siempre le pareció imposible escribir una novela, porque no se sentía con la capacidad para poner en orden tantos problemas/conflictos que plantea ese género. Lo suyo era trabajar y trabajar un verso, una línea…
—La novela se parece más al complejo de la vida que el cuento y el poema. Yo tiendo a minimizarlo todo… simplificar, llegar a la unidad… con el consabido reto de enfrentar el papel en blanco. Cierta venturosa holgazanería lo guía a uno.
—Si algo demanda la escritura es holgazanería, no importa el tiempo que haya que pasar en busca de un adjetivo.
—El papel en blanco lo va llenando la imaginación; al final debe surgir una exclamación confirmando alguna aprobación por el resultado. El parto mágico ha sido confirmado por el gusto del escritor, o desaprobado por su disgusto. El papel en blanco es la ecuación X a despejar por una aventura generalmente impredecible, alineada íntimamante con el Yo del escritor. Escribir es aprender a descifrarse uno mismo, quitar la cerrazón que guardaban las palabras, posibilitar el flujo del pensamiento discursivo, oír la música interior. Escucharse uno mismo, la premisa fundamental.
—Nicanor Parra, tras conocer la noticia del Premio Cervantes, dijo que rinde culto al silencio de la página en blanco.
—Hombre sensato; ha comprendido la inutilidad de ciertas cosas, dioses e ídolos. ¡A quemar las bibliotecas, entonces!
—¡Blasfemia! Al contrario, hay que chocholearlas, justo hoy que están tan amenazadas.
—Siempre quedará algo de todas las bibliotecas. El templo del saber no perdonaría una quema herética; pero, indudablemente muchos, aunque existen todavía, ya se han perdido en los laberintos del tiempo.
—Estoy de acuerdo con esa idea. Demoran en llegar los «individuos» que se hacen a la cola de Biblia, Ilíada, Quijote…
—Tanto libro debe guardar el código secreto media humanidad. Tanta palabra bajada del cerebro… No se cansa el hombre de pensar. Tal vez el pensar hace la vida real, mientras se secan, abandonadas, las manzanas del paraíso.
—Un código que se revela día tras día, siglo tras siglo… Es la evidencia de la inmortalidad del espíritu.
—Hay incontables vidas que aún no cantan al viento.
—Muchos los nombrados, pero pocos los llamados.
Entre tanto, la lluvia, infatigable, proseguía su música estruendosa; parecía indicar que una lluvia de palabras debe ser corta, lo suficiente para dejar fresco el pensamiento y larga la esquela del silencio…
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