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domingo 4 enero, 2015 a las 9:28 pm

“¿EL PODER PARA QUÉ…?”

CONFLICTO INTERNO - GUERRILLA

Isidoro Morantes, tenía cinco horas de nacido aquel 2 de enero, cuando me lo encontré cumpliendo 84 años. Digamos, que ese día no se le notaba la edad como otras veces. Aunque su vitalidad hacia olvidar por momentos sus años avanzados, era un anciano. Aquella noche lo parecía menos pidiendo cerveza a la lata en una tienda cercana a mi casa, y narrando febrilmente, algunas de las peripecias de su larga existencia.

Armando Orozco Tovar
Armando Orozco Tovar

Contó cuando subió sin miedo e indomable voluntad de acero, al páramo en busca de su hermano Jacobo después de larga cabalgata por montañas y desfiladeros inimaginables, desafiando el intenso frío siberiano, que ninguna ruana de lana cruda podía disimular. Hasta que por fin llegó y su guía “Pataepalo”, lo condujo a un sitio donde debía esperar a que vinera a recibirlo y saludarlo el segundo al mando de aquella fuerza rebelde e invencible, que pretendía pacientemente tomarse el poder.

De pronto entre la niebla apareció la leyenda viva, casi virtual de la historia del país. Casi imperceptible, casi hecha de humo, fantasmagórico como salido de la nada. Así lo percibían sus compañeros más cercanos de tantos años de lucha sobre esta cordillera sin principio ni fin. Por donde caminando con paso firme y seguro, podían llegar para dar la pelea en cualquier punto geográfico del país.

Estaba y no estaba, donde los demás creían que estaba. Esta vez saludó a Isidoro, diciéndole a secas: “Su hermano ya viene, está preparando una reunión…” Lo abrazó y desapareció como llegó, por donde los demás creían que había arrimado. Era que poseía esa facultad, salvándolo de la persecución de cuarenta y cinco años, donde se utilizaban contra él todos los medios posibles, e incluso la tecnología de punta más sofisticada, que desviaban apenas lo veían hacia otros sitios, sus ondas.

Al rato llegó su hermano y fuertemente lo abrazó, preguntándole de inmediato cómo estaba la familia, que no veía hacía tiempo por los menesteres de la guerra. De ahí salieron para un túnel donde uno por uno fueron llegando de diferentes lugares los más duros de la contienda. Venían al importante encuentro, presidido por Tirofijo, sobrenombre del líder.

Allá lo condujo “Pataepalo” para hacer la introducción, comentándoles la muerte de su padre, también del ideólogo del movimiento. Todos escucharon atentos y en círculo, durante una hora, la narración detallada y dramatizada del acontecimiento, producido por un infarto fulminante al padre de los revolucionarios en una casa de un barrio elegante de Bogotá.

Después del largo relato con el talento de un cuentero oral, lo llevaron a descansar a un cuarto de madera, repleto de paquetes con dinero y cajas de whisky, porque en aquellas alturas este fino licor aplacaba el intenso frío, y daba aliento para trepar y bajar como arañas con sus pesados implementos, los hoscos peñascos andinos.

Estando ya fuera de la caleta millonaria, se oyó en el cielo el ronquido de los motores de un avión comercial, y sin ellos precisarlo, se tiraron cuan lardos en la tierra, metiéndose en los agujeros que encontraban, o entre los helechos y frailejones, la vegetación originaria del lugar. Cuando pasó el peligro de la posible lluvia de misiles, a Isidoro lo llevaron a pescar truchas con cuchillo. Había tantas en una pequeña laguna, que las apuñalaban de seguido, y las metían en costales, que cargaban otros sobre sus hombros hasta el campamento. Quedando para todos, así asegurada por algunos días la comida. También cazamos conejo y liebres, que se comían con frijoles, la alimentación fundamental.

¿Que otra cosa en aquellas alturas se podía comer? dijo Isidoro, mientras pedía otra tanda de heladas Póker. Ahí permanecí un buen rato, pero nunca combatí, porque no era guerrillero, sino un visitante… Sólo el hermano zapatero de un dirigente probado en la larga lucha comenzada en el 64, en Marquetalia, Rio Chiquito, El Pato y el Guayabero, al sur de Colombia, por órdenes del presidente Guillermo Valencia, el segundo mandatario de Frente Nacional. Y que ahora después de cincuenta y un años de guerra, continúa sin haber perdido, ni haber sido vencido, buscando el camino de las urnas cuando sean aprobados en referendo por el pueblo, los Acuerdos de La Habana.

Diciendo esto, se paró con sus 84 años recién cumplidos, de la mesa repleta de botellas vacías, para ir a orinar. En voz baja iba preguntándose como Darío Echandía: “¿El poder para qué?…”

Alegría de Pío. 1/3!2015/5:00 P.M

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