EL PODER DEL ARTE


EL PODER DEL ARTE

¿Por qué va tanta gente al Museo del Louvre? ¿Por qué tantos visitantes hacen romerías a la Basílica de La Sagrada Familia diseñada por Gaudí, al Museo Vaticano, a El Hermitage, etc., etc.?
Sin duda, el arte congrega; tiene poder, comunica una grandeza trascendente, teje imaginarios y ámbitos, coordenadas espirituales en el circundante terreno de la realidad.
Nadie es el mismo después de contemplar el David de Miguel Ángel, una catedral gótica o el Guernica de Picasso. Esas formas se instauran en el espíritu-memoria y allí dejan sello por los tiempos de los tiempos.
Caminantes somos en busca de algo imperecedero, de algo que prefigure una grandeza más allá de lo material transitorio, y el arte parece cumplir con ese designio.
¿Mito o realidad? ¿Es real ese poder, ese atractivo que llama y establece conexiones entre los seres humanos en las delicadas tonalidades del alma? Típicamente humana, esta cultura que idealiza o representa o cuestiona la realidad a través de la estética, indudablemente estructura imaginarios de cultura que enriquecen el lenguaje y transformaciones plásticas del espíritu.
Un concierto convoca multitudes. El arte es sin duda centro y eje de un movimiento capaz de imponer su voluntad en el reino de lo maravilloso.
Pero es triste y vergonzoso ver cómo en estas sociedades tecno-burócratas, politizadas sólo por el afán de lo útil y valioso en metal contante y sonante, el arte es, utilizando una expresión que se ha vuelto casi coloquial, la cenicienta del cuento, y acaso ocupa el último renglón en las prioridades que mueven el mundo.
**RVQ**
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