El patojo de marras


Patojo, gentilicio despectivo pero agrandado en el tiempo por el cariño que el país profesa a los nacidos en Popayán, evocando a los paisanos descalzos quienes afectados por las niguas enquistadas en sus dedos, caminaban cojos o patojos.
El patojo de marras es de fino humor, elocuente y diserto, sabe de política y se cree poeta por antonomasia. El científico alemán Alejandro de Humboldt decía: “Es más inteligente que los demás, pero mucho menos inteligente de lo que cree”, se levanta después de las diez de la mañana, prefiere la soltería pero cuando se casa, lo hace con una maestra de escuela, quien a cambio de una buena palanca para emplearse, no le importa cargar con un marido mantenido y atenido.
Es presuntuoso, se cree superdotado, no en el sentido sexual de la palabra, sino en su estricta literalidad; su desmedida confianza le hace ver todo fácil, habla mucho y hace poco, es irónico, satírico, ridiculizar con caricaturas verbales los defectos ajenos y lanza su venenosa inventiva con aguda mordacidad, cuando se trata de acomodar apodos o remoquetes.
Usa como desodorante leche de magnesia Phillips y como colonia, agua florida de Murray & Lanman’s. El Patojo de marras es audaz, sale de Popayán sólo cuando lo nombran en altos cargos burocráticos, sin un peso en el bolsillo pero bien relacionado con los políticos de turno, su prosapia lo hace creerse de mejor familia, es perspicaz y astuto para vender su imagen porque no tiene complejo de inferioridad.
Le gusta la bohemia, tertuliar y andar de pato en las juergas de sus amigos solventes. Le encanta el mecato, los liberales, las mantecadas de yuca, las cucas y las panelitas de leche, la gelatina de pata de res, los aplanchados de doña Chepa; ama la cocina popular y visita semanalmente mesa larga en las galerías del Barrio Bolívar, La Esmeralda o en Alfonso López. Disfruta y ofrece con legendario orgullo empanadas y tamales de pipián o de guiso con ají de maní, champús, chulquin, sopa de tortilla, sancocho de guineo, costilla, birimbí, ternero nonato con achiote y azafrán, sango, tripazo, chunchullo, alchuchas, caldos de cola, pata o tolay, ahogao con carantanta o arepas, ponche de huevo, salpicón de Pachito, antes de Baudilia. Los lunes y jueves, degusta un suculento plato de frito con chicharrón, rellena, asadura, envueltos de colada de mote y choclo, ají de piña y aloja de maíz, preparado con magistral destreza en casa de Carmen, de María o de las hermanas Ruiz Muñoz, en El Empedrado.
El patojo de marras, dice que fue su abuela la inspiradora del exitoso postre Eduardo Santos, casatta de frutas improvisada que para sortear un impase en el menú, tomó el nombre del expresidente. En la escuela hizo chancuco, comió melcocha, caucherina, comprimidos de queso con pambazo y gaseosa La Reina; rezó la novena, comió nochebuena y tocó tambora en la misa de aguinaldo, pero sobre todo, le gustan las corbatas burocráticas y vivir de la herencia familiar, prestar dinero con hipoteca; muchos son hijos de familia hasta después de los cuarenta años. Por regla general, es glamuroso, le gusta la buena vida, las grandes ganancias con el mínimo esfuerzo, vive en casonas añosas y le gustan los muebles antiguos, exhibe en la sala un recuadro de su árbol genealógico y ornamenta sus aposentos con reliquias religiosas. No tiene sociedades comerciales, ni invierte en negocios que exijan dedicación, pues le da miedo asumir riesgos.
En la esfera intelectual, se las pica de ateo, librepensador e impío, en los comicios electorales es liberal, pero en Semana Santa se convierte en piadoso, amigo del párroco para ganar la sindicatura de algún paso. Los primeros estudios los hizo en la escuela apostólica, el seminario conciliar o en la escuela San Camilo de los Hermanos Maristas, afrontó con valor el misterio del ánima sola, añora la alcayata, las alpargatas y el barrote, se trasforma en un ser puritano, timorato y melindroso, no va a misa pero hace ayuno y abstinencia, no come carne los viernes durante la cuaresma y no falla el miércoles de ceniza para exhibir con orgullo la cruz en la frente. Pasada la pascua, el patojo de marras vuelve a sus andanzas mundanas.
Con acento México-caucano, usa el “voceo” y abusa de los diminutivos, utiliza locuciones como: ¿cómo estás? ¿Cómo te va? Vení de prestico, ahorita voy, traé una chuspita de pambazos o molletes para que tomemos “entredía” mientras esperamos a misia Julia en el campo de aviación. Pronuncia casi adrede el fonema de la M por N, pam, Popayam, pipiam, y la S al final de ciertos verbos conjugados en segunda persona: fuiestes, vinistes, dijistes, hicistes. Cuando va a regar un chisme no lo asume, pues utiliza la expresión “La gente dice”. Es envidioso y le duele el progreso de su vecino, es quejumbroso y siempre dice estar muy ocupado.
El patojo de marras tiene una gran virtud, no denigra de su ciudad, la considera el ombligo de Colombia y el mejor vividero del mundo, no dilapida su gloria, cada día la ama más, es crítico con ella, pero asume su defensa con decoro en pos de un futuro promisorio, acoge al foráneo con afecto y tiene como popayanejo a todo aquel que llega a construir ciudadanía, como eximio PATOJO valora sus costumbres y sabe interpretar su silencio. Feliz cumpleaños Popayán.



