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Jueves, 1 de octubre de 2026

EL OLOR DE LA FLOR BLANCA

flores blancas
Bulevar de los Días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano
flores blancas
Arbusto de flores blancas junto al paseo del Río Cali

Mientras el rey estaba en su reclinatorio,
mi nardo dio su olor.
Mi amado es para mí un manojito de mirra,
que reposa entre mis pechos.
Racimo de flores de alheña en las viñas de En-gadi
es para mí mi amado.

Fragmento del Cantar de los cantares

Desde niño, como a Grenouille, me han seducido los olores. Mi nariz es tan corta o ancha, como cualquiera, pero percibe con rapidez los olores de jabones, casas viejas, de las alcantarillas, perfumes de laboratorio, flores, comidas de sal y dulce y, por supuesto, de las flores. No he sentido la necesidad de poseer la nariz de Pinocho ni alargarla tanto como para oler lo que no debo. Aunque muchas veces he olido la corrupción y la pestilencia de la mermelada.

Me encanta el olor de los pinos, puestos como adorno en fila, en entradas de casas y haciendas, del eucalipto, ya en el árbol verde o en sus hojas sacrificadas en hoguera para odorizar las alcobas y sacar la gripe de ellas. Me gusta, el de la altamisa, el cidrón, la manzanilla, la ruda, de la albahaca, del sanalotodo, la yerbabuena, el poleo, el anís, el lirio blanco y la azucena, del jazmín, el sauco, la cebolla, el ajo, el dátil, la manzana, la papaya, la guayaba, la naranja, la fresa, del melón, la rosa, el clavel, el sándalo y muchas otras flores, frutas y raíces de aromas discretos o arrogantes.

Lamento que la tecnología no me haya hecho llegar a las manos, como la cámara con video, para poder enviar a ustedes, – mis lectores que pueden ver y oír grafías, fotos y voces -, los olores que a veces quisiera transmitirles.

De buena gana me pararía en una esquina de una zona rosa, como el pavo, para recoger el olor que dejan las mujeres que pasan por mi lado y exhalan en su paso y que delata su íntima fragancia. Ni hablar siquiera podré del olor de la mujer amada.

Envidio, a mujeres y hombres que frecuentan cada día el arte de la culinaria. Cuántas sustancias olorosas no han pasado por sus manos y cucharas, por lenguas y narices. Deben oler tan bien como cualquier perfume fino, con la ventaja de que se puede untar en el pan, la carne, echar a la sopa o revolver en el arroz o la ensalada. El paladar disfruta de esos olores junto con los sápidos bocados en las papilas.

En las caminatas saludables por la orilla del Río Cali, con mi novia hemos tenido el placer de pasar por junto a unos cinco arbustos con flores blancas de cinco pétalos, cerca al puesto de policía por la Avenida 2oeste. Qué de fragancia suave, que delicadeza de aroma, qué exquisitez para la nariz y banquete para el olfato. Podría uno detenerse allí un buen rato y sentarse a oler sin sentir el paso de las horas. El olor sale de florecillas que no sabemos su nombre ni apellido. He googleado y apenas he encontrado la crataegus monogyna, muy parecida a su cuerpo, con multitud de variedades.  

Ovidio, en El arte de amar incluye la untura de perfumes en los idilios y Virgilio en sus Geórgicas y Bucólicas también canta, recordando su amor a Amarilis, el olor a resina y humor de selvas al terminar el día. También la Sulamita nos dejó saber lo que le gustaba al sabio Salomón y Cleopatra lo que enloquecía a su magno Alejo, cuando se acercaban a sus tronos.

11-01-14                                              11:15 a.m.

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