EL MUCHACHO Y EL PERRO

Rodrigo Valencia Q

El puente permanece, es la constancia de millones de miradas añosas. Allá va el muchacho con su perro que, con su legendario sentido por lo extraño, olfatea los rasguños de los espesos muros blancos y las calles, y él lo sigue; pareciera que el joven sólo tiene miradas para el presagio. Y no es infundada su manía. Algo hay en el ambiente que los duendes no han podido borrar; la persistencia de las dudas coexiste si los hombres duermen, eso es un hecho. Pero él, un joven que vigila su propio extrañamiento, permanece desvelado, ha visto de pronto desaparecer las cosas en un ámbito que pareciera sesgado por lo irreconocible. Están pero no están allí las cosas; todo es factible de llegar a fisurarse, piensa él, desde que el famoso sismo dejó las marcas del polvo en los ojos. Él ha sentido el miedo, la inseguridad de tener atrás un fantasma que cae y desbarata la calle cuando él camina tratando de ser ligero como una pluma. Sin embargo, no puede; el perro lo sigue, como cuidándolo; es un mastín fiel que no se equivoca al proteger a su amo. Hace un tiempo la mascota lo vio ascender por las gradas de la casona solariega, y en cada una iba cayendo un pedazo de esa alma quebradiza, y desaparecer poco a poco como humo que se diluye en el ambiente. Es absurdo, pero así sucede cada que vez que el muchacho intenta luchar con las fantasías que lo empoderan, la febril imaginación que lo devora. Y ningún perro quiere que su amo desaparezca para siempre; hay un apego, un amor estratificado por la insistencia y la costumbre; es como si nada pudiera ser más importante que esa dependencia con el amo. Por eso este animal fiel teme, temerá mientras las araucarias del parque sigan mirando al cielo, es decir, por siempre. Así es su muchacho, así lo presiente este can que ha tomado el color gris que las leyendas propician. Quién sabe qué ámbitos enajenaron a este joven que se resigna a una historia de la cual heredó su sangre y su lento caminar; se niega a creer que todo es un espejismo creado por su propia imaginación. Un día habrá, cuando el delirio se canse de ser su alma —pero quién sabe si esto sea factible—, que reconozca su rostro verdadero en el espejo que le fabricó la noche, esa extraña mancha oscura que no cesa de llamar al sortilegio.
En la ciudad blanca la torre sigue impertérrita, marca las horas que a través de 477 años han cuidado los aguaceros y los soles de la intemperie, el tiempo y la melancólica mirada de las estrellas. En un templo las campanas anuncian un sepelio; el muchacho y su perro no dejan de buscar el ángel que los proteja de la inconsistencia de la vida. Un hermoso atardecer, que algún poeta evoca, mira sobre los tejados, cierra poco a poco sus alas con la oscuridad. El puente permanece, no desaparece ni aun con la negrura de la noche.



