El miedo


En estos días he repasado mis miedos, mis terrores. Como muchos, tengo inmenso pánico al unanimismo, a que todos pensemos lo mismo, a esa actitud casi fascista que impide que circule la diferencia, que circule libremente la diversidad: desde allí el país ha hecho un intento de caricatura tecnócrata y las consecuencias son funestas.
Con razón tengo miedo, como lo tiene la mayoría de mis compatriotas. Miedo a las mentiras, miedo a la fe, miedo a la esperanza porque ha sido sepultada con el crimen. No quiero salir a la calle: si voy como peatón, me insulta el de la bicicleta; si voy como conductor, me insultan los otros conductores, del taxi, del tranvía, del camión, del autobús; siento que si pudieran me dispararían, porque andan armados de rabia también por el miedo.
Me da miedo el médico, el cura, el político. Es como si sus colmillos fueran a clavarse en mi aorta, como si me impidieran la libertad de morir. Además temo al abogado, porque tranza mis pleitos; temo al ingeniero, porque construye falsos puentes; temo al astronauta, porque inventa mundos desaparecidos; temo al cocinero, porque puede envenenarme; temo al peluquero, porque puede rebanar mi cuello de un barberazo; temo al periodista, porque puede involucrarme en una noticia falsa; temo a la autoridad, porque puede confundirme con el peor delincuente.
El miedo impide que vaya a la iglesia, a la peluquería, al centro de salud, al juzgado, a los medios de comunicación, al cuartel, al directorio de una agencia política. Resultado: me he convertido en un asceta, en un enfermo incurable, en un prisionero de mi propia casa, único lugar donde me siento seguro.
Vivo de los ruidos. Son el único contacto con el mundo. En ruido se han convertido los discursos, las homilías, los disparos, los fallos judiciales, los diagnósticos de los médicos y de los psicólogos; en ruido se han convertido los estallidos de las bombas, los choques de los carros, las explosiones de las cisternas.
No es fácil el individualismo. Es muy difícil ser pretencioso. Cada bocado hay que probarlo antes, porque puede contener elementos intoxicantes. Cada canción hay que analizarla letra a letra porque puede contener mensajes subliminales. De cada amor hay que desenamorarse porque puede ser una treta. Cada hijo hay que ahogarlo, porque nos puede quitar el trono.
En este ardid la vida no tiene sentido. Es mejor renunciar a los placeres, a las dádivas, a los favores. Es mejor consumirse en el rencor para tapar el miedo, para sepultar nuestras prevenciones en el fondo de los intentos. No podemos creer en los héroes, ni tampoco en los cobardes, pues cada uno presto al engaño nos proyecta una imagen de terror sobre nuestros sueños. Lo mejor es consumirse, tragarse las uñas, arrancarse la piel pedazo a pedazo, antes de que llegue quien te pase la cuenta de cobro.



