El matrimonio homosexual
Por: Luís A. Barrera M.
Muy seguramente algunos lectores de PROCLAMA “maricas y areperas” amigas mías, a quienes respeto y admiro profundamente, me dejaran de hablar o de leer por lo que aquí voy a escribir, pero no me aguanto las ganas de referirme a un tema que hoy está sobre el tapete y sigue sacando ampollas en unos e incomodando a otros.
Muchas personas piensan que no les afecta en nada que los homosexuales se casen. Es lo mismo que pensar: “no me ofende en nada que haya gente que haga circular falsos billetes de 50 mil pesos ‘made in San Nicolás’, yo soy honrado y no los usaría, de hecho casi nunca veo billetes de 50 mil.”
Sin embargo, es evidente que la circulación de moneda falsa nos afecta a todos, porque se pierde confianza en esa moneda, la gente la usa con reticencias, prefiere usar otras monedas (dólares, euros, yens, por ejemplo) o no comerciar o no aceptar ciertos billetes y al final la economía de todos se resiente porque todo es más costoso. Lo mismo pasa cuando se hace circular un matrimonio falso como si fuese matrimonio real.
En los países nórdicos, donde el matrimonio entre homosexuales hace años que existe, la mitad de los niños nacen fuera del matrimonio. Al aprobar el matrimonio homosexual como lo acaba de hacer en Argentina, se da el mensaje a la sociedad de que en realidad casarse no significa nada (mensaje reforzado en cualquier país donde exista el divorcio).
Como consecuencia, la gente no se casa y su compromiso (de pareja y a menudo social) es débil. Igual que la moneda falsa crea desconfianza en el sistema económico, el matrimonio falso crea desconfianza en el compromiso interpersonal y social. Una sociedad basada en la desconfianza, la desvinculación y la falta de compromiso nunca funcionará tan bien como una basada en familias fuertes con principios y valores, comprometidas de por vida por el bienestar de los cónyuges, hijos y parientes.
Dos ancianas que viven juntas, tres hermanos en una casa, cuatro amigos que comparten apartamento desde hace seis años… Tienen una relación con afectividad, compromiso y convivencia, igual que puedan tener dos homosexuales. Sin embargo, se ven privadas de las ventajas legales del matrimonio gay porque no practican sexo entre ellos.
El matrimonio gay en realidad premia a los practicantes de cierto tipo de sexo, privilegiándoles sobre otras convivencias afectivas y estables. Es evidente la diferencia con el matrimonio verdadero, que premia la complementariedad hombre mujer estable y abierta a la generación y crianza de los hijos.
Razón tiene un cura de Puerto Tejada, cuando afirma que “Dios estableció y definió el matrimonio entre un hombre y una mujer, entre Adán y Eva y no dijo entre “Adán y Juan Gabriel”. La sociedad tiene un modelo de matrimonio que ha demostrado su eficacia durante siglos.
Hay pues, muchas razones perfectamente prácticas para que una sociedad responsable diga «no» al matrimonio entre homosexuales desde el respeto a la sagrada dignidad de estas personas.
Legalizar el matrimonio homosexual en Colombia significaría poner toda la maquinaria educativa y mediática del Estado al servicio del homosexualismo político. El activismo homosexual de la llamada comunidad LBGT, no quiere formar “familias como las demás”. Más bien, quiere llegar a que todas las familias sean como las suyas, para lo cual la clave es desmontar conceptos que consideran, retrógrados, arcaicos y caducos como fidelidad, monogamia, compromiso, fecundidad, y paternidad/maternidad.
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