EL MARIHUANÓDROMO



En la vida todo cambia y asimilarnos a esos cambios demuestra la capacidad superior del ser humano. Hace 55 años a quien tenía úlcera duodenal solo le dejaban tomar leche y gelatina. Hoy cualquier gastritis la curan prohibiendo terminantemente la leche y todos sus derivados.
Por la misma época fue surgiendo desde lo que llamaban pleble, la marihuana como opción diferente para traspapelarse sin tener que beber ni aguantar el guayabo. Los hippies del 60, la revolución del 68, le dieron categoría. La Golden de la Sierra Nevada, nos dio la cuota de orgullo a los colombianos.
Hoy día a la marihuana le demuestran que hace menos daño que el trago, que tiene efectos medicinales, que trabarse con ella solo afecta la memoria, etc., etc. El resultado es que actualmente se la fuman a usted en la cara, en el Transmilenio o en el andén, en la playa o en la puerta de la discoteca. En las universidades siempre han existido sitios específicos para fumarla, canchas de fútbol, “aeropuertos”.
El alcalde de Tuluá, Gustavo Vélez, godo en pensamiento, palabra y obra, ha propuesto que ante la absurda norma del Código de Policía que sanciona al que fume marihuana en público, lo mejor es montar un marihuanódromo para que, sin estorbar a nadie, los tulueños que la fumen puedan reunirse y perderse en sus humos y le alejen el olor a los que se ponen histéricos cuando la detectan en el aire.
Por esa idea le han caído policías, la gobernadora Dillian y godos más godos que él. Pocos lo defienden. Pero nadie me va a negar que es una idea sensata y evolucionista, que podía ser imitada en todas las ciudades intermedias sin necesidad de descuidarla para que no se vuelvan sucursales del Bronx. La marihuana ya llegó y se quedó y el estorbo es solo el olor o acaso su origen plebeyo.
Publicado en Diario ADN / Febrero 3 de 2017.
@eljodario
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