El Marabelí

El Marabelí.

Adornado con luces de Navidad, el barquito fantasma brotó de las brumas de la nada frente a las playas de la Gorgona, sin ruido alguno, donde tres hombres conversaban frente a una fogata y algunas botellas de viche.
Era una noche sin viento para las velas y sin estrellas para orientar prácticos o marineros. Entonces, el pescador más viejo, con botella de viche en mano, apuró un trago y sin moverse dijo:
—Es el Marabelí buscando sus almas en pena. ¡Hay que rezar el credo!
Y la noticia sobre la presencia del barco fantasma en Guapi llegó a todos los rincones de la costa Pacífica, como un milagro inexplicable de la comunicación instantánea por la falta de internet.
Cada uno de los tres hombres entregó un testimonio distinto sobre lo que ocurrió aquella noche:
Antonio, más zambo que negro, cincuentón y padre de una veintena de hijos, juró que una voz de ultratumba llamaba a lista y que un coro de fantasmas le respondía “ausente” o “presente”. Aseguró que oyó patentico como llamaban por su nombre y apellido al alcalde del pueblo y con solo decir eso a la gente se le erizaron los pelos.
El tercer hombre, igual de zambo que el anterior, pero con facciones africanas más marcadas, cuarentón y reconocido por ser gente seria, manifestó que era un barco hermoso y de un silencio más bello todavía. Indicó que apenas lo vio, la cabeza se le puso tan grande y el corazón tan agitado que no pudo hablar; sin embargo, en sus pensamientos atinó a rezar credos, avemarías y padrenuestros hasta que la embarcación se fue de sus ojos.
El pescador, menos poético y como si estuviera acostumbrado a verlo cada ocho días, explicó a la concurrencia que lo abordaba en el muelle que sí, que era al Marabelí, ese barco fantasma cargado de almas en pena de personas que en vida fueron malas. Mencionó que de seguro andaba buscando a algún negro pecador o que tal vez alguien del pueblo estaba a punto de morir y por eso vino a recoger su alma. Entonces, en una décima de segundo, el cuerpo de todos los presentes se estremeció y el miedo apareció en sus miradas.
En una casa donde venden pescado frito, acompañado de retacada de plátano, arroz con coco y limonada, una vieja de culo desbordante y carcajada festiva dijo que su abuela —que en paz descanse— le contaba que el Marabelí era un buque donde transportaban negros africanos a los mares y ríos del Chocó, Cauca y Nariño.
Con sus dientes blanquísimos y parejos a pesar de la edad, aseveró que ese barco nos viene a recordar que somos mitad africanos y mitad de estas tierras. Según ella, esos fantasmas nos vienen a decir que no podemos permitir que esos muchachitos de ahora metan al cajón de los olvidos las normas e historias de los viejos. Porque, por si no se han dado cuenta, ya no hay arrullos ni chigualos, ya la gente no asiste a los bautizos del agua del socorro ni está pendiente de curar ojo y espanto. Además de la medicina y la comida, tenemos que vestir y pensar como negros.



