El maldito encanto de la guerra

El maldito encanto de la guerra
Siempre ha sido posible imaginar y creer, con una buena dosis de certidumbre, que la historia es y ha sido el escenario donde la razón enloquece.
Sobran los ejemplos. Cualquiera que reflexione con tranquila y desapasionada serenidad sobre los grandes y fundamentales eventos que han marcado y acelerado el ritmo frenético de la historia se encontrará con sucesivas y amargas realidades que por lo general se expresan como catástrofes que han dejado devastación y desolación sobre esa indefinible entidad con la cual solemos referirnos al espíritu humano.
Para citar un solo ejemplo basta con detenerse a pensar en lo que ha sido el significado y la presencia de la guerra en el festín atormentado y carnicero que ha caracterizado el devenir histórico de la humanidad. La guerra, que en últimas siempre ha sido y será el triunfo de la razón de las armas sobre el arma de la razón, se nos presenta como el fenómeno más recurrente en todas las épocas y en todos los tiempos. No existe sociedad que no la haya padecido. Parece haber sido un elemento inherente a la construcción y a la destrucción que caracteriza el despliegue de la cultura humana. Nunca hemos tenido tregua en esos rituales de la crueldad y de la muerte. Desde las épocas de la caverna, hasta estos momentos actuales y dramáticos de equívoca modernidad y también de confusa postmodernidad los tambores y los horrores de la guerra han dejado de interpretar su música.
Pareciera que pertenecemos a una especie violenta, territorial y salvaje, que hasta ahora se deleita y se complace con apelar al recurso de la fuerza y de las armas sobre cualquier otra opción que pueda resolver los inevitables conflictos que necesariamente se dan en los procesos de la convivencia social.
Muchas veces se ha pensado que por medio de la cultura la criatura humana se arrancaría del mundo animal y de la naturaleza, para instalarse en un nuevo universo, donde ya las fuerzas y las pulsiones del instinto cederían su paso a las fuerzas de la inteligencia y del espíritu. Pues ese animal hombre al ser el único dotado de espíritu y de inteligencia es el único que pueda crear y transmitir cultura. Y esa cultura, supuestamente, le añade una segunda naturaleza diferenciada de su condición animal.
Pero tomando en consideración al ser humano, en relación a su conducta y su comportamiento social, la teoría de que la cultura como superación de su animalidad y de su comportamiento privilegiadamente instintivo, tiende a volverse solo una pretensión ilusoria, un catálogo de buenas intenciones formulada por filósofos y por moralistas, pues en su praxis social la conducta humana no la ha condicionado ni la inteligencia ni los valores espirituales. Si el hombre sigue siendo lobo para el hombre, la cultura humana, al menos hasta ahora, se instaura como un fracaso, pues es la relación social lo que define lo esencial de la condición humana. La expresión de ese fracaso cristaliza siempre en el lenguaje irracional de la guerra. Quizá la vieja y trajinada metáfora religiosa de referirse a la historia como un viaje por un valle de lágrimas, capta ese sentido del fracaso de la convivencia humana, que termina por convertirse en un viaje para el sufrimiento, un viaje que al parecer no construirá un paraíso, pero que sí, y por la guerra, vive edificando continuos y sucesivos infiernos para los seres humanos.
Los logros y conquistas deslumbrantes de la cultura, así como las conquistas tantas veces asombrosas de la ciencia y de la técnica, palidecen y se eclipsan frente a los “logros” de la destrucción y de la muerte, ligados a la incapacidad humana para construir una comunidad universal donde de veras sea posible la felicidad, como lo imploraba nuestro Gabo al recibir su premio Nobel.
Ni las religiones, ni el arduo quehacer del pensamiento filosófico, que muchas veces han pretendido orientarse a ofrecerle al ser humano enseñanzas y creencias para el buen vivir y el gratificante convivir entre los hombres y los pueblos han fallado estruendosamente en ese utópico…
propósito. Con razón Hegel alguna vez comparó a la historia con un estercolero.
Hasta al bueno de Jesucristo, se le escapó una enigmática y aterradora sentencia donde consignó que él no había venido a traer la paz sino la espada.
Por su parte esa especie de profeta laico que pretendió ser Marx, acabó afirmando que la violencia es la verdadera partera de la HISTORIA.
El confuso y laberíntico Heidegger dejó en claro que el hombre es un ser para la muerte. Lo que es convergente con decir que es un ser para la guerra.
Esta pequeña y pesimista nota que escribo esta tarde gris sin alas, la escribo en un país que como Colombia vive y ha vivido en guerra. En una tarde donde escucho noticias que en Ucrania se está engendrando otra probable y arrasadora superguerra. Algún encanto debe tener su majestad la guerra para haberse convertido en el deporte preferido de los humanos.
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