¿El liberalismo, montado en el tren del regreso?


En la mesa del “Estado de Bienestar Democrático” hay comensales, convidados, invitados y huéspedes; en teoría, quizá pensamos que todos comen y que nadie se queda sin disfrutar de una ración reparadora.
Sin embargo, aunque los convidados coman, los invitados coman y los huéspedes coman, los comensales, como en el caso colombiano, aún siendo dueños de la mesa, no comen y en su mayoría permanecen excluidos por fuera de los comedores.
Los manjares, las viandas y los buenos platos se distribuyen de conformidad con los ingresos, y, en ese sentido, no sólo el que no trabaja no come, sino que el que no tiene numerario tampoco puede saborear una merienda.
Lo mismo ocurre con la salud, donde la situación es más escabrosa. A los menesterosos no les queda más opción que acudir a la Virgen del Carmen y El Señor de los Milagros, que, al parecer, tienen, como en el caso de los hambrientos, un noventa por ciento de fervientes devotos.
¿Y por qué no prospera el milagro de los panes y los peces, la conversión del agua en vino y la sanación como un fenómeno sobrenatural? El Estado puede hacerlo, metafóricamente, haciendo suyo El Sermón de la Montaña.
Si la salud es privada, la curación es privada, es decir, como dicen los economistas: liberal, o sea basada en la ley de la oferta y la demanda, reforzada con un gigantesco aparato administrativo al que el Estado, llamado soberbiamente democrático, ha blindado con rigurosas leyes de origen transnacional, gubernamental o parlamentario, que restringen el derecho al bienestar. En consecuencia, se descarta el milagro de la justicia social.
Y, como si fuera algo natural, los pacientes en trance de fallecer y sus familiares acongojados, no se percatan que las políticas de salud se basan en relaciones de clientela y clínicas privadas, donde no existen principios humanísticos sino arqueos financieros y ausencia de justicia social.
¿Por qué en Canadá, -no acudimos al ejemplo de Cuba, Venezuela, Argentina, por la satanización de sus sistemas políticos, -la salud es pública? Sí se puede, aún teniendo en cuenta que Canadá posee un refinado sistema capitalista que supera con creses la calidad de vida que ofrece el sistema norteamericano.
Son elementales reflexiones que nos llevan a concluir que nuestra democracia ha sido gastada sin que el pueblo la haya consumido. Su agotamiento y deterioro ha sido provocado por causas totalmente distintas al conflicto armado interno, que obra como enorme excusa para adjudicarle a los fusiles la agonía de la paz social que soportamos.
¿Quién o quiénes deben responder a esta pregunta? ¿Quién o quiénes se saltaron la Constitución colombiana y el Estado Social de Derecho?
¿Con qué fundamentos éticos, monopolizando el derecho, usufructuando la violencia histórica fundacional del derecho y la violencia conservadora del Estado de Derecho, sus conductores desvalijaron el Estado en las últimas centurias?
¿Si “Colombia, -como reza la Constitución, -es un Estado social de derecho, organizado en forma de república unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general”, quiénes hicieron de su democracia un cascarón vacío? ¿Quiénes la saborearon?
La democracia es un proceso que requiere de toma de conciencia, honestidad política, reconocimiento del adversario, ejercicio de la justicia, pero, fundamentalmente, de soberanía.
Atribuirle a la guerrilla, que nunca en sesenta años llegó a colocar en riesgo la seguridad del Estado y que jamás estuvo a las puertas de la revolución ni en víspera de la toma del Estado, las colosales dolencias de Colombia, es una desvergüenza histórica y ruda vulgaridad ideológica y política.
¿Y, a estas alturas, qué se hizo el Gran Partido Liberal? Sus dirigentes saben que el Estado es necesario para la supervivencia de la sociedad liberal, nos referimos a la sociedad de libre mercado, el mantenimiento de los sacros derechos de la propiedad privada y el cumplimiento del contrato social y de todos los contratos, incluidos los que atentan contra la soberanía nacional.
Por lo visto, en las últimos veinte cuatro años de una Constitución participativa, el liberalismo tomó el tren del regreso, sus postulados progresistas fueron suprimidos y pregona, con sus pares conservadores, que los únicos derechos verdaderos son los derechos individuales y que el clamor por los derechos sociales y económicos son una estrategia de quienes no producen, que va en contra de la inversión generadora de empleo y provoca el crecimiento desmedido del aparato estatal.
Además, no lo dicen, pero cautelosamente se cuidan: padecen de avara sensibilidad social; consideran que el mercado regula el progreso, en tanto que las fuerzas económicas tenderán por si solas a lograr el equilibrio social, en la más inclemente justificación de la ortodoxia neoliberal.




