EL LEÓN DORMIDO


Yo no sé de rones. A lo largo de mi vida he preferido tragos diferentes, pero no puedo negar que he catado las delicias que encierra un Xapaca guatemalteco o un Barcadí de los que embotellan en Puerto Rico y uno que otro ron fino de los que saben hacer en las Antillas y sin los cuales no podría uno tomarse un mojito revitalizante a la orilla del mar. Pero he sido colombiano a lo largo de estos 72 años y la única marca que vi volverse nacional, y que uno la encuentra en Leticia o en Punta Gallinas, en Quibdó o en Puerto Carreño, es el ron viejo de Caldas. Más aún, es la que le da la batalla en muchos escenarios de la costa atlántica al Old Parr que se regó desde el país vallenato y se volvió escalera de los que quieren mostrar que ya no toman aguardiente.

Tampoco sé quien maneja la cuenta publicitaria de la Licorera de Caldas, que por estos días presenta rendimientos cada vez más envidiables frente las otras destripadas licoreras departamentales. Pero como acaban de poner al mercado un ron especial de 21 años, en botella de lujo aunque viene en una caja muy mañé, he estado pensando que el publicista debe ser o muy viejo y resabiado (como somos todos los viejos) o vive en Pácora y no se asoma al mundo vertiginoso del mercadeo.
A ese ron tan delicioso, que no se parece a ninguno de los rones que se acostumbran en Colombia, los genios publicitarios que paga la licorera de Manizales, lo bautizaron con el asustador nombre “el león dormido”, que en vez de atraer espanta y en vez de mostrar las excelsas calidades de un trago más bien parece provocar malos pensamientos. Pero así es Colombia, con tonterías como esa de no saber ponerle nombre ni a un ron, hemos salido adelante.
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