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Viernes, 2 de octubre de 2026

El Judío Errante

El Judío Errante

El Judío Errante

Keshava LìévanoNadie sabía exactamente de dónde venía Noam, excepto que era israelí, tenía apenas veinte años, y sus ojos eran dos pozos apagados. En Taganga corría el rumor de que había estado en el ejército, que tenía entrenamiento de francotirador y que era de los que disparaban sin titubear. Alguien lo había visto, una vez, temblando después de una fiesta en la playa, susurrando nombres en hebreo entre vómitos de Tusi y lágrimas.

Noam no tenía padre ni madre. Decía que sus abuelos murieron en Auschwitz y que nunca conoció otra familia. El Estado lo crió, lo entrenó, lo armó. A los dieciocho años ya podía dejar de respirar durante un minuto entero si eso le garantizaba un tiro limpio. A los diecinueve, había matado a casi cincuenta personas, muchas de ellas mujeres, ancianos y niños palestinos. No lo ocultaba. Decía que eran «blancos fáciles».

Le dieron una condecoración. Y una suma de dinero que sólo se entrega a quienes hacen el trabajo más sucio con la sonrisa apagada. Él no sonreía.

Con ese dinero viajó lejos. El uniforme quedó en Tel Aviv. En el Caribe Colombiano encontró otra guerra: polvo rosado, mochileros perdidos, hostales sin reglas y otros ex soldados del ejército de Israel que como él vienen a Latinoamérica buscando anestesia.

Abrió uno de esos lugares en Taganga, pintado con colores vivos y frases falsas de libertad en hebreo. Pero el verdadero negocio estaba en los pasillos cerrados, en la bodega trasera, en las visitas nocturnas de hombres y muchachas, en el polvo que cruzaba fronteras y narices. Noam no hablaba mucho. Caminaba descalzo, siempre con gafas oscuras, incluso de noche.

Los lugareños decían que a veces se encerraba en su cuarto por días, escuchando canciones viejas en yidis, o simplemente llorando. No hablaba de los cuerpos que había dejado atrás. No hablaba de los que ahora veía en sueños. Tampoco hablaba de la niña que una vez cruzó corriendo la calle en Gaza, y a la que él alcanzó «por error» con una bala en la espalda.

El viernes pasado, después de una noche de drogas, sexo pagado y silencios insoportables, Noam escribió una frase en el espejo del baño con lápiz labial rojo:

«Nunca hubo hogar.»

Luego tomó su vieja pistola de servicio, una Browning belga que había traído en secreto desde Haifa, y se pegó un tiro en la sien.

Murió en el cuarto número 3, con la ventana abierta, frente al mar que tanto le recordaba a nada.

Nadie reclamó su cuerpo.

Ningún rabino apareció.

Solo una turista argentina, que había hablado con él la noche anterior, dijo que Noam le había preguntado:

—¿Creés que Dios perdona a los asesinos sin historia?

Ella no supo qué responder.

Ahora lo recuerda cada vez que ve el mar teñido de rojo al atardecer.

Junto a su cuerpo inerme encontraron sobre la mesa de noche, al lado de un vaso de plástico medio lleno de ron barato su carta de despedida. El papel estaba arrugado, como si hubiera sido estrujado con rabia y luego alisado a medias, todavía con los dobleces marcados como cicatrices. Tenía una mancha de humedad en la esquina inferior derecha —quizás sudor, quizás una lágrima, quizás agua de mar— y estaba escrita a mano con una caligrafía temblorosa, en tinta azul, con algunas palabras corregidas, tachadas suavemente.

El papel era una hoja arrancada de un cuaderno escolar, de esos baratos que venden en cualquier tienda de Taganga. No llevaba firma al final, solo un nombre al margen inferior izquierdo: Noam, apenas visible, como si ya no hiciera falta.

El texto decía:

No me busquen.
No recen por mí.
Hice todo lo que me enseñaron a hacer.
Apunté. Respiré. Disparé.
Y nunca volvió el silencio.
Matar es fácil.
Vivir después, no.
No tengo madre. No tengo padre. No tengo tierra.
Me entrenaron para no sentir.
Pero siento.
Todo.
Si hay Dios, no me espere.
Si hay justicia, que sea ciega.
Perdón a los que no vi.
Perdón a los que sí vi y aún así apreté el gatillo.

“Sus manos están manchadas de sangre, sus dedos de iniquidad.”
(Isaías 59:3)Por Keshava Liévano

Nadie sabía exactamente de dónde venía Noam, excepto que era israelí, tenía apenas veinte años, y sus ojos eran dos pozos apagados. En Taganga corría el rumor de que había estado en el ejército, que tenía entrenamiento de francotirador y que era de los que disparaban sin titubear. Alguien lo había visto, una vez, temblando después de una fiesta en la playa, susurrando nombres en hebreo entre vómitos de Tusi y lágrimas.

Noam no tenía padre ni madre. Decía que sus abuelos murieron en Auschwitz y que nunca conoció otra familia. El Estado lo crió, lo entrenó, lo armó. A los dieciocho años ya podía dejar de respirar durante un minuto entero si eso le garantizaba un tiro limpio. A los diecinueve, había matado a casi cincuenta personas, muchas de ellas mujeres, ancianos y niños palestinos. No lo ocultaba. Decía que eran «blancos fáciles».

Le dieron una condecoración. Y una suma de dinero que sólo se entrega a quienes hacen el trabajo más sucio con la sonrisa apagada. Él no sonreía.

Con ese dinero viajó lejos. El uniforme quedó en Tel Aviv. En el Caribe Colombiano encontró otra guerra: polvo rosado, mochileros perdidos, hostales sin reglas y otros ex soldados del ejército de Israel que como él vienen a Latinoamérica buscando anestesia.

Abrió uno de esos lugares en Taganga, pintado con colores vivos y frases falsas de libertad en hebreo. Pero el verdadero negocio estaba en los pasillos cerrados, en la bodega trasera, en las visitas nocturnas de hombres y muchachas, en el polvo que cruzaba fronteras y narices. Noam no hablaba mucho. Caminaba descalzo, siempre con gafas oscuras, incluso de noche.

Los lugareños decían que a veces se encerraba en su cuarto por días, escuchando canciones viejas en yidis, o simplemente llorando. No hablaba de los cuerpos que había dejado atrás. No hablaba de los que ahora veía en sueños. Tampoco hablaba de la niña que una vez cruzó corriendo la calle en Gaza, y a la que él alcanzó «por error» con una bala en la espalda.

El viernes pasado, después de una noche de drogas, sexo pagado y silencios insoportables, Noam escribió una frase en el espejo del baño con lápiz labial rojo:

«Nunca hubo hogar.»

Luego tomó su vieja pistola de servicio, una Browning belga que había traído en secreto desde Haifa, y se pegó un tiro en la sien.

Murió en el cuarto número 3, con la ventana abierta, frente al mar que tanto le recordaba a nada.

Nadie reclamó su cuerpo.

Ningún rabino apareció.

Solo una turista argentina, que había hablado con él la noche anterior, dijo que Noam le había preguntado:

—¿Creés que Dios perdona a los asesinos sin historia?

Ella no supo qué responder.

Ahora lo recuerda cada vez que ve el mar teñido de rojo al atardecer.

Junto a su cuerpo inerme encontraron sobre la mesa de noche, al lado de un vaso de plástico medio lleno de ron barato su carta de despedida. El papel estaba arrugado, como si hubiera sido estrujado con rabia y luego alisado a medias, todavía con los dobleces marcados como cicatrices. Tenía una mancha de humedad en la esquina inferior derecha —quizás sudor, quizás una lágrima, quizás agua de mar— y estaba escrita a mano con una caligrafía temblorosa, en tinta azul, con algunas palabras corregidas, tachadas suavemente.

El papel era una hoja arrancada de un cuaderno escolar, de esos baratos que venden en cualquier tienda de Taganga. No llevaba firma al final, solo un nombre al margen inferior izquierdo: Noam, apenas visible, como si ya no hiciera falta.

El texto decía:

No me busquen.
No recen por mí.
Hice todo lo que me enseñaron a hacer.
Apunté. Respiré. Disparé.
Y nunca volvió el silencio.
Matar es fácil.
Vivir después, no.
No tengo madre. No tengo padre. No tengo tierra.
Me entrenaron para no sentir.
Pero siento.
Todo.
Si hay Dios, no me espere.
Si hay justicia, que sea ciega.
Perdón a los que no vi.
Perdón a los que sí vi y aún así apreté el gatillo.

“Sus manos están manchadas de sangre, sus dedos de iniquidad.”
(Isaías 59:3)


Texto e IlustrArte Digital By Keshava Lìévano
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