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Jueves, 1 de octubre de 2026
lunes 21 octubre, 2013 a las 9:44 am

El irrespeto a nuestros policías

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Luis Alberto Barrera Moreno
Luis Alberto Barrera Moreno
[email protected]

Se han vuelto cotidianas las escenas en que borrachos y personas requeridas por la Policía Nacional terminan agrediendo a miembros de esa institución protagonizando bochornosas acciones que distan de un buen comportamiento ciudadano y respeto por la autoridad.

Los colombianos nos hemos vuelto irreverentes e intolerantes. Olvidándonos que las personas que laboran en la Policía llevan rango de autoridad pública porque la Ley se lo da para que ejerza determinada función, delimitándole el ámbito en el que debe servir a la colectividad.

Por tanto, el respeto al funcionario o servidor público debemos entenderlo que está dirigido a las determinaciones de éste, para que sean acatadas cuando se hallen en el marco de sus atribuciones legales, que es lo que jurídicamente se llama competencia, bajo alternativa de aplicarse la sanción establecida en la misma norma jurídica; mas, al margen del cargo público que ejerce el individuo, de cualquier jerarquía, el respeto que se le debe no puede ser mayor ni menor que aquél que debemos a otras personas dentro de las regulaciones de la convivencia social.

Últimamente pareciera que existiese en el subconsciente colectivo una respuesta agresiva hacia la Policía Nacional cuando asume sus deberes de restablecer el orden público, regular el comportamiento de conductores en las vías o intervenir de manera preventiva para garantizar la tranquilidad y convivencia ciudadana.

Las garantías que nuestra constitución política, leyes y normas policivas otorgan a las personas para cautelar sus derechos fundamentales, llamados derechos humanos, están dirigidas, precisamente, a evitar que los funcionarios públicos, usando el poder y la investidura de autoridad que les da la ley, cometan abusos y arbitrariedades contra esos derechos fundamentales.

Pero como nuestros policías viven cuidando sus “cucharas” por el temor a ser recusados o demandados, se han vuelto supremamente cautelosos a la hora de realizar operativos y dispositivos de control y es entonces cuando algunos ciudadanos “abusan” de esta condición aparentemente débiles, cometiendo toda clase de irrespetos contra los “Polochos” o “Tombos” como se les denomina en el argot popular colombiano a los integrantes de la Policía Nacional.

Claro que también no es menos cierto que toda autoridad pública, para ser respetada, debe ganarse ese respeto con sus actos que den lugar a que el pueblo se enamore de ellos, porque al pueblo en el fondo le gusta la verdad y no la mentira; le gusta la ley, el buen trato y no la arbitrariedad; le gusta la rectitud y no la corruptela; le gusta ver servicio público y buena administración y no incapacidad y, en fin, le gusta la vida y no la muerte.

Por ello ocurre también en otras instancias de nuestra vida institucional que, apartándose de esos principios, que son el basamento de la democracia, abusan del poder, generalmente son los gobiernos alcahuetas, o sea, aquéllos que no respetan la vida, la dignidad y los bienes de las personas, en la misma medida en que no respetan las normas o leyes.

Éstos son más abusivos y atrevidos cuanto más ignorantes son y se aferran al poder, no como instrumento de servicio a su comunidad, sino porque se ensoberbecen y endiosan a su modo, más aún si cuentan con “sobachaquetas”, expertos en la adulación, que rodean a los gobernantes y dirigentes para alimentar su ego y engrandecerlos, asegurándose el cargo para sí que no lo habrían obtenido por falta de méritos personales.

Es muy lamentable, de todos modos, que se haya ido perdiendo es debido respeto a la investidura de la Policía, la importante misión que representan y que en algunos sitios muchos prefieran aquello que es “mejor la seguridad que la Policía” debido a las malas conductas de algunos miembros que se desviaron de la abnegada y patriótica institución.

Debiera en este país existir una relación armoniosa y de confianza. Pero a diario se siguen registrando agresiones entre policías y ciudadanos, las cuales han creado una situación conflictiva que muchas veces termina en denuncias de parte y parte.

Cabe preguntarse aquí por qué la investidura policial está perdiendo el respeto de las personas y si este problema se está masificando. Las encuestas muestran que un porcentaje sustancial de la población piensa que la Policía es corrupta y tiene una serie de defectos. Esto contribuye al deterioro de la imagen policial y a la falta de respeto a la Policía. Eso también al fin de cuentas es responsabilidad de las autoridades.

Interesante la propuesta del alcalde Petro de ir incorporando a la Institución profesionales con reconocidas calidades humanas para ir mejorando el perfil estigmatizado del Policía “patán y ajicero”, que en verdad infunda respeto y pueda ejercer su autoridad con afecto y reconocimiento de los ciudadanos  y las comunidades.