EL GUAYABO O RESACA



Hacía años no experimentaba como hoy el hecho de haber tomado unas cervezas anoche con unas amigas y amigos. El cuerpo había descansado demasiado de recibir el líquido fruto de la cebada con un poquitín de alcohol. Se desgonzan los músculos y la voluntad se relaja. Parece no querer trabajar ni obedecer al cuerpo.
Es como una enfermedad que no se parece a la gripe ni da fiebre ni tos. Simplemente se estanca el ánimo y no provoca moverse del mismo sitio en donde uno se encuentre. Hasta ahí uno se da cuenta. Sin embargo, algo allá arriba, en la cabeza, da vueltas y los ojos quisieran cerrarse. Pero tampoco el remedio es dormir. Uno quisiera caminar, hacer algo por despejar la mente y dominar al cuerpo.
Ah, eso es lo que se llama popularmente el guayabo. Esta palabreja esconde el malestar que se siente. Ya uno como que no se acuerda a qué horas se tomó tres cervezas y se rió y hasta bailó en Evocación bajo la sonrisa de don Dago. Guayabo, «guayabo negro, como dice la canción de Luis Ariel Rey, nunca me digas adiós, que es una palabra triste, corazones que se quieren nunca deben despedirse…guayabo negro, pregúntale a la sabana si alguna vez me vio por aquí pasar»…
Sí, esa es la razón del guayabo. Algo que queda volando allá en el interior. No son las cervezas, ni es el sereno, ni es que la sangre corre menos por las venas. No. El mal viene de antes, y las penas salen de la cueva. Se enquistan en el cuerpo. No es el alcohol ni la cebada madura. Es que la sabana lo ha visto pasar a uno alegre y ahora los ojos ya no miran con el mismo brillo. Hay algo que no deja respirar hondo.
Resaca. Esa es otra palabra para denominar al guayabo. Resaca, como el lento fluir del agua del mar que llega hasta la playa y retrocede y se desenvuelve para volver a recorrer el mismo espacio hasta besar casi sin fuerza la orilla esquiva. Qué lentitud y desgano el de la última porción de agua que se debate ante la orilla para allí morir la ola fuerte que antes se elevaba chispeante.
Sí, así puede ser este estado del ánimo que resulta después de la alegría de haberse dado el gusto de beber sorbo tras sorbo del lúpulo amarillento de la cerveza. La sangre va lenta por la frente, por las entrañas, por el pecho y el corazón late como perro echado en la puerta de la casa. Ni ladra ni cuida ni asusta a nadie. Mira a los dueños como el fluir del agua sobre la orilla de la playa, sin levantar la cabeza, como con una infinita pereza. Esa es la imagen de la resaca o guayabo.
Nada importa para el enguayabado, ni oye, ni gime, ni es capaz de dormir. Da vueltas como el resto de ola que casi duerme mientras se estira ensimismada sobre la playa.
15-07-17 12:03 p.m.



