El guardián de la Virgen de Lourdes en Santander de Quilichao


Hay hombres que no necesitan discursos o ser personalidades para enseñar y ser ejemplo. Ramón Penagos es uno de ellos. Quilichagüeño de cepa, hijo de una familia humilde que aprendió a ganarse cada bocado con las manos y el sudor, Ramón que no sé cuántos años tendrá de edad, construyó su vida como se construyen las cosas que duran, sin atajos, sin pausas, sin quejas.
Comerciante y campesino desde muy joven, conoció jornadas de veinte horas cuando otros apenas despiertan. Con ese oficio levantó hijos, acompañó nietos y sostuvo un apellido que en Santander de Quilichao se pronuncia con respeto. Los Penagos son gente de trabajo, y Ramón lleva esa herencia como una marca en la piel.
Pero esta historia no transcurre en un puesto de mercado ni en un local comercial. Sucede en el barrio Lourdes, a la salida de Quilichao, sobre la vía que conduce a San Pedro. Allí, junto a la imagen de la Virgen de Lourdes, Ramón Penagos cumple cada día un ritual silencioso que ninguna obligación le impone y que ningún aplauso le paga.
La Virgen que sanó en una gruta
La devoción que Ramón profesa tiene raíces profundas. En 1858, en una gruta rocosa a orillas del río Gave, en el sur de Francia, una niña de catorce años llamada Bernadette Soubirous afirmó haber visto a la Virgen María en dieciocho apariciones. La señora vestida de blanco le pidió que excavara en el suelo: brotó un manantial. Desde entonces, Lourdes se convirtió en uno de los santuarios marianos más visitados del mundo, y la Iglesia católica reconoció decenas de curaciones inexplicables atribuidas a sus aguas. Nuestra Señora de Lourdes es, para millones de creyentes, la madre que escucha al enfermo, al desamparado, al que reza sin testigos.
El rosario de las canas
Y sin testigos reza y ora Ramón. Cada mañana le lleva flores frescas a la imagen. La limpia con un trapo que parece bendecido por la costumbre. En diciembre le pone luces que compiten con las estrellas del norte caucano. Y después se sienta a su lado, rosario en mano, a conversar con ella en un idioma que solo la fe traduce.
Yo lo descubrí en mis trotes madrugadores por las calles de Quilichao. Pasaba por el barrio Lourdes y ahí estaba él: un hombre al que ya no le cabe una arruga más en la cara, con el pelo rendido ante las canas, pero con una vitalidad que desafía los calendarios, que ejemplo de señor. Nunca supe si le pide a la Virgen por su alma, por sus hijos, por sus nietos o por todo el municipio. Tal vez le pide por todos. Tal vez no pide nada y solo agradece.
Lo que sí sé es que cada vez que lo veo, algo se me acomoda por dentro. En un mundo que corre sin mirar a los lados, Ramón se detiene. Se arrodilla. Y cuida una imagen como quien cuida la esperanza de un pueblo entero.
Ojalá Dios le regale a muchos la vida que le ha dado a él, una vida de trabajo honrado, de tranquilidad ganada y de pensar siempre en los demás antes que en uno mismo.



