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Domingo, 4 de octubre de 2026

EL GRITO… DE LA IMPACIENCIA

Javier Enrique Dorado Medina web

Crepitaciones

Permítame usted, amable y paciente lector de esta columna, que en la presente ocasión “única y feliz” (como lo afirmó una vez José Acevedo y Gómez, el llamado “Tribuno del Pueblo”), que en mi condición de trabajador de la educación, de docente oficial, de Institutor, en una palabra, de Maestro, como debe ser el verdadero nombre de la profesión y no de profesor, como dicen ahora (como también lo afirma y está de acuerdo el escritor Leo Buscaglia), que les cuente a manera de introducción un suceso que me ocurrió, hace ya algunos años atrás, cuando me iniciaba en el trabajo, el cual es uno de los más importantes de una sociedad que se precia como tal, pero no apreciado ni valorado por ninguno de los gobiernos oficiales de turno (salvándose el de Ernesto Samper, quien ha sido el único que se acordó de que los Maestros existimos, que tenemos estómago, necesidades y familia y por eso creó una prima extra, llamada por eso Prima Samper).

El suceso en mención, ocurrió en Puerto Tejada (Cauca), donde laboré por 5 años, siendo afiliado de Asoinca (Asociación de Institutores del Cauca). Eran los años del agite de la educación, de las protestas en pro de un estatuto docente justo, de las consiguientes marchas callejeras, de las arengas, pancartas y consignas respectivas, en fin. Organizamos una marcha un día cualquiera, con todo el respeto posible, pero como siempre… aparecieron ellos los soldados y los policías (todavía no había sido creado el fatídico ESMAD… de los que nos salvamos), pensamos en nuestra ingenuidad que nos iban a cuidar y respetar, cuando de pronto, el Comandante de ellos dio la orden de dispersar la marcha, ante lo cual nuestros compañeros organizadores, nos ordenaron arrodillarnos con pancartas y todo, para evitar la dispersión, pero ocurrió lo inesperado: ellos pasaron por encima de nosotros, nos patearon con fuerza (así comprobé el poder de una bota militar), destruyeron las pancartas y nos empujaron en varias direcciones con los fusiles y se colocaron en medio de todos los compañeros, apuntándonos con sus armas. Así se acabó la marcha. Pero con violencia oficial y todo, con compañeros asesinados, con largos paros y huelgas, conseguimos nuestro objetivo, y por eso hoy tenemos un estatuto docente (el 2277), que en algo dignifica a la profesión (pues todavía falta mucho, fuera de lo material y económico).

Traigo a colación el incidente anterior, para sustentar lo que está sucediendo ahora en nuestra patria, con las protestas del Catatumbo, de los mineros, de los cafeteros (la pasada y la próxima), en fin de los sectores y gremios que se ven perjudicados en sus justos reclamos. Pienso personalmente que todo se debe a la indolencia oficial, a la falta de previsión gubernamental para atender a su debido tiempo las peticiones, o mejor, para prever lo que pudiera suceder, con políticas estatales de gran contenido social, que tengan visión y una perspectiva justa. La paciencia del pueblo tiene un límite y ya no aguanta como antes. Son otros tiempos.

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