EL GRAN PLACER DE LA CARCAJADA
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La carcajada es un hallazgo del ser humano. Ni los dioses lo enseñaron. Por siglos hombre y mujer anduvieron mudos, con los ruidos de los sonidos atragantados en su garganta. Poco a poco fue regurgitando sonidos que brotaron de la necesidad, la dureza de la vida, por el miedo o los peligros. Unos a otros fueron comunicando sus ronquidos y gangosidades y se fueron entendiendo. Hasta que alcanzaron la perfección de articular sonidos repetidos para significar objetos y dar a conocer su pensamiento y sus deseos.
La risa, ese reflejo semicircular de la boca que hace retrotraer los músculos de la mejilla y ese sonido alegre que desbarata cualquier broma o ataque, fue más tardío. Tal vez primero apareció la sonrisa como una discreta señal de la comisura de los labios que invita a la amistad, como el movimiento de la cola del can ante su dueño. La carcajada es, por fin, un rasgo más evolucionado del humor y de la efusividad del ser humano. Es propio de él, como el lenguaje y su gramática. Jamás un saurio o dinosaurio o pterodáctilo hablaron ni rieron ni soltaron en la selva una carcajada, ni después de este fabuloso hallazgo otro animal lo imitó en ese soberbio acto de embriaguez de vida.
La carcajada es la sucesión de aes expiradas que explosionan desde el esófago, suben por la garganta y salen en estampida por entre la lengua, los dientes y los labios con la boca completamente abierta. Debió nacer en la cima de una montaña, al pie de un abismo. Su sonido debió chocar contra las rocas y producir el eco en estentórea forma. ¡Ja, ja, ja!, sonaron como sonidos fantasmales. Quien los escuchó debió quedar mudo al principio, pero luego los fueron imitando sus congéneres en similares ocasiones. ¡Ja, ja, ja, ja!, en adelante se oyeron en las cuevas, en el ágora, en las alcobas y en las escuelas.
La carcajada es el instrumento más formidable que el ser humano haya encontrado en su largo caminar. Es la forma más expresiva para dar rienda a su alegría. Desde que el niño está en la cuna lo aprende de sus padres. Y luego nadie podrá detener la carcajada cuando el niño o el joven o el anciano, sin que lo pueda evitar, es sorprendido por un gracejo, por una ironía o de contento por una sorpresa alegre. Su pecho se llena de aire, los pulmones se le agitan y empieza la carrera de la carcajada por calles y recintos.
La carcajada es como un orgasmo sucesivo de la garganta, es el sello de la felicidad que llegó a su extremo. Nada más placentero que poder hacerlo sin reservas ni coacciones. Es un acto libre y espontáneo y no hay reglas que limiten ni el número de sonidos onomatopéyicos ni la hora o la duración de ellos. Ha habido carcajadas que se convierten en convulsiones y que persisten hasta el cansancio físico o que llega hasta las lágrimas. ¿Usted lo ha experimentado? Si no le ha sucedido todavía no será un humano perfecto. Le falta probar el máximo signo de la dicha.
Sí. La carcajada es un gran placer echados hacia atrás o teniéndose el estómago. También es signo de salud mental. Los hipocondríacos son sujetos negados para hacerlo y ni siquiera ríen ni sonríen. Poder hacerlo se debe a un don hallado sin buscarlo. Se nos inocula con los genes y lo empezamos a usar el día que un picante se atraviesa en la garganta o que un payaso se cae de para atrás. Bendita carcajada que nos hace humanos y diferentes de los fantasmas cubiertos con una sábana.
11-06-11 – 5:36 p.m.
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