El fútbol, una pasión.



Hoy todos saben de fútbol. Mi mujer y mis hijas opinan con propiedad. Ayer se anticiparon a decir por qué íbamos a perder: “Con esa nómina, seguro perdemos.” “La cagó, Pékerman fue su afirmación cuando entró Cuadrado, así perdimos con Venezuela”. En fútbol se equivoca el entrenador. Cuando la selección está a punto de clasificar, los hinchas se vuelven minuciosos, explican jugadas, establecen estrategias. Para completar, tenemos la bendición del papa, aficionado y accionista de un equipo. Nadie se salva de poner sus sentimientos en una escuadra, desgarra los pulmones por una divisa, se emociona hasta morir —morir es una metáfora— por el equipo de sus afectos. El futbol nos vuelve triunfalistas. O nos vuelve masoquistas, como nosotros, hinchas del Atlético Huila, equipo de cola en la tabla.
El fútbol es una pasión envolvente, que aumenta en los triunfos, la selección mueve sentimientos y razones, como si de su triunfo o su derrota dependiera el futuro humano. Algún fanático religioso dirá que se trata del nuevo falso profeta. Un radical extremista dirá que se trata del mecanismo burgués para idiotizar al pueblo. La verdad, hasta el dictador de Korea del Norte sancionó a sus jugadores por no haber ganado ningún partido en la pasada copa mundo, los recibió con un acto de vergüenza nacional.
Veintidós hombres y un balón. Dos árbitros laterales y un juez central supremo. El concepto de una acción colectiva, el complemento de cualidades individuales para conseguir objetivos, mediáticos como un respiro, instantáneo como el aletear de una mariposa. ¡La Metió! ¡La metióooo! ¡Gol! ¡Gol! ¡Goooooool! El grito desborda emociones, funde abrazos sin importar la diferencia; llena de aplausos estadios y plazas, cafés y salas de casas. El ser más inhibido salta sobre la silla, silba, grita, hace sonar la ensordecedora vuvuzela. La mujer con más recato desborda alegría, agita el trapo tricolor.
El futbol llena locaciones inmensas. El Marañá, Río de Janeiro, cuenta con una capacidad de 96 mil aficionados. El Rungrado May Day, en Pyongyang, Corea del Norte, y el Salt Lake Stadium, en Kolkata, India, son los de mayor capacidad: 120 mil aficionados. Después, el Azteca, Ciudad de México, con 105 mil aficionados. En Colombia los estadios son pequeños, el de mayor capacidad es El Campín apenas superior a los 50 mil aficionados. Por otro lado, el fútbol mueve recursos astronómicos. El Real Madrid acaba de pagar por Gareth Bale la no despreciable suma de 100 millones de Euros pese a la crisis que padece España y Europa, unos 250 mil millones de pesos, cifra que no cabe en la memoria de nuestros ricos. Indica que como negocio, el fútbol, mueve números astronómicos en acciones, entradas, derechos de televisión y publicitarias. De él viven futbolistas, entrenadores, empresarios, publicistas, periodistas, vendedores de camisetas, vendedores de maní.
Los presidentes, los reyes, los ministros, parlamentarios dejan sus quehaceres por sumergirse en la magia de un partido; se emocionan hasta las lágrimas con el triunfo o la derrota de sus equipos. ¿Por qué nosotros, simples mortales, no podemos abandonarnos hasta nuestras querencias por un espacio para vivir esa magia? ¿Para sufrir por esta selección pintada de amarillo, que nos hace feliz cuando gana y que nos hace rabiar y sentir impotentes cuando pierde?



