EL FENÓMENO DE LA MAGIA –II-
Jesús en el arrabal
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Si la magia está inmersa en el que actúa o si proviene de su exterior es una inquietud que nace desde que el ser humano abre los ojos y es capaz de sorprenderse. ¿Estará en una región brillante del cerebro junto a la intuición o está bajo los pliegues de las vísceras, sube luego por la sangre, sale por los poros, los ojos y las manos para causarnos admiración?
¿Estaba encogido el genio en la lámpara cuando Aladino la rozó con la palma de su mano o fue la energía que brotó de su mano la que hizo salir al esclavo a su orden del fondo de la lámpara?
La magia es una fuerza cuasieléctrica que se ha apoderado de algunos humanos y los hechiza sin que tengan necesidad de cruzar los dedos y estudiar en una academia de magos o ilusionismo. Cierto que la poseyeron Houdini y el ocultista Hanussen que causaron revuelo con sus trucos. Utilizaron su talento para realizar espectáculos en teatros y salas exclusivas y desafiaron al fuego, el agua y a los ojos de quienes les aplaudieron. Pero, no es de esa clase de magia artificiosa que quiero hablar.
Me refiero a la magia natural que exhala de la personalidad de un ser humano cuando cultiva y saca a flote algunas cualidades extraordinarias que florecen espontáneas en el jardín de sus acciones. No es producto sobrenatural sino un ingrediente añadido a su modo de ser. Sucede en hombres y mujeres, niños y adultos.
Generalmente está asociado a personajes que se dedican al arte o a las causas filantrópicas. No está manchado de egoísmo ni de intereses pecuniarios. Nace y crece como la violeta o los cactus o los cardos en el potrero o el desierto.
Magia habitó en Mahatma Gandhi que maravilló a la tierra con su mutismo hierático, sentado en trono de lino al viento. Habitó en Fidias, Gaugin, en Renoir, Rouault, Miguel Ángel y Giotto, Beethoven o Tchaikovski que entraron en conversación con el mármol, los cisnes, el lienzo, el dolor de las prostitutas, las estrellas azules, con las volutas de los vestidos de bailarinas y la luz que impregnaban las tardes y los puertos. Magia habitó en Neruda y García Lorca, en Homero y Virgilio, en García Márquez, Rulfo y Silva que oyeron el canto del silencio de los enamorados, de los bosques adormilados, los fantasmas y sus lamentos, los caballos sobre las almenas y de las sombras largas y la música de las alas.
Solo un cuerpo que vibra cuando contempla la dureza de la vida, la blandura de la piedra, el aletear de la palmera, el caminar de la garza por el viento o la nuca de la doncella en un desierto podrá decir que tiene magia. Sus dedos pulsarán el papel y sonará como un laúd el concierto de la palabra y cantará su voz como el viento entre los pinos. Solo el que ama gozará de la compañía de la arena, de la pequeña ola a sus pies, del arrullo de la alondra en la noche y la mirada de su gacela que lo lame arrimada al lóbulo de su oreja.
Sí. La magia está adherida al que piensa, al que fabula, al que baila, canta y ama. No acompaña al que imita, aniquila o quita la vida. Es un halo que transpira el que tiene luz por dentro.
01-03-12 – 10:43 a.m.
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