El fantasma de la corrupción


Sin duda que uno de los más siniestros fantasmas que recorre a países latinoamericanos, ‘de derecha e izquierda’, y al aparato estatal colombiano (en lo nacional, descentralizado, departamental, municipal y sector privado), es el de la corrupción administrativa, por la que se desangran billones de dólares, que en lugar de ser invertidos en beneficio de la población, van a engrosar las arcas de funcionarios corruptos, quienes desfachatadamente se pavonean, en lujosos autos y habitan mansiones que no pueden justificar con sus salarios, convencidos que sus millones les serán suficientes para comprar abogados defensores, fiscales y jueces banales, que les garanticen la impunidad.
No sé, sí el fenómeno se debe a la herencia que nos trajeron los presidiarios y malandrines españoles, que desde el reinado de los reyes católicos, fueron liberados de sus mazmorras para acompañar a Colón, los conquistadores e “hicieran su América”; pero lo cierto es que la plaga de la corrupción administrativa campea a sus anchas, sin barreras éticas, ni ideologías que valgan, en medio de contadas excepciones.
Para citar el caso de nuestro país, en el manejo de los recursos de la Educación, en ciudades como Bogotá, Buenaventura, Cali, para no llenar este espacio de ciudades y departamentos, desde gobiernos atrás, se han comprobado irregularidades en el aumento del número de alumnos matriculados, para cobrar los subsidios que aporta el Estado por cada alumno registrado, sin olvidar sobrecostos en la compra de kits escolares y la alimentación de estudiantes, cuyas licitaciones han sido manipuladas por gobiernos de turno, para favorecer a socios de mafias de contratistas que financiaron campañas electorales y gobiernan departamentos y municipios.
En la Salud, fuera del anterior dominio paramilitar a sus recursos, en la costa atlántica y otros departamentos y de conocidos atropellos de EPSs, fomentando tutelas, para desangrar al Fosyga, canalizando recursos del gobierno y sus afiliados para favorecer enriquecimiento de sus directivos, se registran irregularidades, al robar dotación de hospitales públicos, como acaba de suceder en el Hospital de Quilichao, con el equipo de ecografía. También sobrecostos en compra de drogas y demás suministros que demandan los centros asistenciales, que después de ser asaltados, al por mayor, por funcionarios de alto nivel, son raponeados al detal, hasta llegar al algodón y papel higiénico, por la descendente escala de empleados y trabajadores, de plantas de personal sobredimensionadas, porque así, lo exigen jefes clientelistas, quienes necesitan ubicar en nómina a sus caciques políticos, familiares y cargaladrillos.
Ahí no hay proceso de paz, ni triunfo de gobiernos de corte socialista que valgan, pues como lo demostraron los Nule, en complicidad con Samuel Moreno Rojas, su hermano Iván y el resto de la bandola, a la hora de robar al Estado, se juntan sin diferencias políticas, como hicieron al confabularse con los concejales del uribismo de entonces, para embolsillarse, cerca de dos mil millones de millones de pesos, con los cuales habían podido garantizar el buen servicio de Transmilenio, o iniciar la construcción de un tramo del metro.
Y si en Colombia, llueve por Venezuela, Brasil, Argentina y otros países, no escampa, con frecuentes denuncias sobre asaltos a ricos patrimonios de petroleras y otras empresas estatales, por funcionarios, que después de lamberles sin vergüenza a los jefes de turno,- la mayoría convencidos de ser los ‘nuevos Bolívares’ y redentores de la humanidad- se dedican a saquear inmisericordemente las arcas públicas, para desaparecer millones de dólares en Miami y paraísos fiscales, pensando disfrutarlos, cuando el peso abrumador de la corrupción y cantinflescos manejos de la economía derrumben a los gobiernos, como sucedió con la Unión Soviética, y permitan el retorno al poder, de antiguos depredadores del erario de la derecha, esta vez mostrándose como ‘redentores’, tal como lo acaba de hacer Francisco Santos, madrugando como candidato “para sacar a los corruptos gobiernos socialistas de la alcaldía de Bogotá”. Es la eterna repetición del círculo macabro de la corrupción con el cambio de camiseta, que seguirá carcomiéndonos, hasta cuando no entendamos, que la lucha y esfuerzos que debemos enfocar contra este flagelo generalizado, es tan importante como el proceso de paz con las guerrillas, para garantizar construcción de la concordia entre ciudadanos y de una democracia real.
Gobiernos como el de Mujica, en Uruguay y Antonio Navarro, cuando fue alcalde de Pasto y gobernador de Nariño, demuestran que con liderazgos fuertes, experiencia administrativa, principios éticos y el ejemplo, la izquierda puede gobernar honestamente y en beneficio del pueblo y mayorías que en sus discursos defiende. A líderes discurseros, con egos sobredimensionados y sin experiencia administrativa, es más fácil que vividores aduladores les metan goles, como le sucede a Petro, en Bogotá contratando sin licitaciones, al prorrogarles contratos a operadores de Transmilenio; improvisando manejo de basuras, la ‘máquina tapahuecos’ y aceptando que hay “corrupción por las esquinas”.




