El estallido democrático de Uribe


El estallido democrático de Uribe / Uribe intenta hacer una copia ordinaria, muy elemental, de la historia reciente, del “estallido social”, para tratar de adaptarla a sus pretensiones electorales inmediatas.
El estallido social, claro que marcó un punto de inflexión en la política colombiana: mostró el poder de la movilización ciudadana y sentó las bases para el ascenso de Gustavo Petro, quien ganó las elecciones presidenciales de 2022 con un discurso enfocado en la justicia social y el cambio.
Tomando como modelo aquel éxito electoral, Uribe, en su desesperada búsqueda de votos, ingenuamente propone a su masa manipulable algo que él llama “estallido democrático”, para salir a las elecciones presidenciales del 2026.
Se equivoca el señor Uribe cuando cree que otro estallido social le será favorable. Olvida que el del 2021-2022 fue algo espontáneo, instintivo, surgido de la indignidad de la gente. Que no germinó de la nada, ni fue un invento oportunista para enfrentar elecciones.
El “estallido social” fue un proceso complejo que se desencadenó por el maltrato y la corrupción del gobierno de Iván Duque. Ese estallido fue construyéndose sobre la injusticia y la desigualdad; fue el resultado de la frustración y el resentimiento en aquellos excluidos del progreso y las oportunidades. Fue estimulado por la discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual, religión, etc., que genera sentimientos de injusticia y humillación, erosionando la dignidad de las personas.
La indignidad de la gente fue respuesta a la carencia de acceso a educación, salud, vivienda y otros servicios básicos, que perpetúa la desigualdad y genera sentimientos de abandono y marginación.
La indignidad de la gente explotó en el gobierno Duque por la falta de justicia y castigo para los responsables de violaciones de derechos humanos y otros delitos, que alimenta la sensación de indefensión y desamparo.
La indignidad de la gente estalló por la acumulación de corrupción en ese gobierno y otras instituciones; eso erosionó la confianza de la ciudadanía y generó sentimientos de frustración e impotencia.
El estallido social se presentó por el desempleo y la falta de oportunidades laborales; por la falta de perspectivas de futuro, y por la percepción de un gobierno insensible a las necesidades de la población.
Ahora nos sale Uribe con su “estallido democrático”, que lo impulsa el Centro Democrático, desconociendo que la indignidad de la gente se mantiene y se fomenta por la difusión de información falsa o manipulada por parte de los medios de comunicación o de actores políticos que generan confusión y desconfianza en la ciudadanía. Por la propaganda que busca dividir a la sociedad y exacerbar los odios, para evitar que se organice en la defensa de sus derechos.
El tal “estallido democrático” con que sueña Uribe, no propone un diálogo social amplio, ni la búsqueda de soluciones a los problemas estructurales que aquejan al país.
Mientras que el estallido social surgió desde las bases y representaba un clamor por cambios estructurales, el «estallido democrático» es una respuesta personal, única, excluyente, emanada desde las élites. Ese término es, sencillamente, una expresión retórica, una estrategia para intentar desestabilizar al gobierno actual y tratar de capitalizar votos para las elecciones del año entrante.
Uribe acusa a Petro de promover un modelo socialista que, según él, podría poner en riesgo las instituciones democráticas y la economía de mercado: un cuento similar al que sacó hace unos años para asustar gente: el “castrochavismo” que se iba a implantar en Colombia, y que también le resultó fallido.
Los sectores conservadores, empresariales y políticos alineados con Uribe y el Centro Democrático, creen que con la idea transitoria y oportunista de un «estallido democrático» canalizarán el descontento de ciertos sectores de la sociedad con el gobierno de Gustavo Petro, al que acusan de autoritarismo para lograr el triunfo electoral, que es la única meta que los motiva.
Es cierto que el cumplimiento efectivo de las demandas cívicas sigue siendo una deuda pendiente en el gobierno de Petro; muchos de los cambios prometidos no se han materializado en la magnitud esperada y las tensiones sociales persisten.
Pero también es cierto que si el «estallido democrático» logra convocar a sectores conservadores y de clase media, podría generar presión política sobre el gobierno de Petro, pero es poco probable que alcance la magnitud del “estallido social”.
Tampoco podemos olvidar que el estallido social creó una base de descontento genuina de amplios sectores de la población, especialmente jóvenes, trabajadores informales, comunidades indígenas, negras y sectores populares urbanos, que aún está vigente.
Para Uribe, por el contrario, su reto es promover al máximo la indignación contra el actual gobierno de Petro esperando que le genere el mismo nivel de movilización electoral.
La “democracia”, y lo “democrático”, según Uribe
Uribe es un político hábil en el manejo del lenguaje y la retórica. Al usar términos como «democracia» o «democrático» (Centro Democrático, Estallido Democrático, Seguridad Democrática, etc.), busca asociar su proyecto político con valores universalmente aceptados y positivos, como la libertad, la participación y el Estado de derecho.
Pero es una contradicción. El uso que Uribe hace de esos términos refleja una estrategia política que no siempre responde a esos principios por su enfoque polarizante.
Para Uribe, como lo ha demostrado, la democracia se basa en una visión autoritaria del poder, donde el orden, la disciplina y la autoridad tienen prioridad sobre la deliberación, la pluralidad y la oposición política.
Durante sus gobiernos, desató una especial persecución a la oposición: hubo espionaje ilegal contra magistrados, periodistas y políticos críticos, en el caso de las chuzadas del DAS.
Usó el poder para su beneficio, al intentar modificar la Constitución para permitir su reelección y luego quiso extenderla para un tercer mandato.
Su enfoque de seguridad llevó a graves violaciones de derechos humanos, como los falsos positivos, donde civiles fueron asesinados y presentados como guerrilleros abatidos.
Además, fueron evidentes los ataques sistemáticos a la justicia: se ha enfrentado con la Corte Suprema y otros órganos judiciales, denunciando supuestas conspiraciones en su contra cuando lo investigan.
Finalmente, su discurso también es antidemocrático: divide a la sociedad entre “buenos y malos”, “patriotas y traidores”, debilitando la convivencia democrática.
Lo cierto es que su concepto de democracia no es inclusivo ni plural, sino funcional a sus intereses políticos. Sin embargo, obsesivamente, propone un “estallido democrático”.
La fotografía de A. Uribe V. que ilustra este artículo fue tomada de: https://www.portafolio.co/
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